…and the Night Mare rides on…
Smashing Pumpkins
I: EL LADRÓN (DE SUEÑOS).
Sonidos inhumanos como cuchillas desgarran humanas gargantas. A mi alrededor todo está cegado de niebla, y su fría humedad aferra mi piel. Un hombre surge de entre las grises tinieblas difusas; un recio explorador que se acerca y quedamente me alecciona: “no te muevas hasta que la bruma se disipe”. Permanezco inmóvil sintiendo las diminutas gotitas que, curiosas, toquetean mi cara durante un lapso que me parece de siglos; aunque años e instantes carecen de sentido en el mar sin sol, donde el tiempo flota muerto. Los sonidos, horribles, continúan en alguna parte, ahogados en la gris distancia. Doy por bueno el consejo del errante o navegante, pues entre la límpida llovizna se cuela, sutil pero inconfundible, el conocido son de la matanza. Y sin embargo, ningún daño llega, y la bruma se disipa. Mi jaula se balancea al compás del viento del yermo páramo. Sigo sin moverme; no abro los ojos. Conozco el tacto de los barrotes de hierro, el aspecto de las nubes de plomo, pero mis piernas ya no me sostienen por sí mismas, sino que cuelgan de mi prisión, a varios palmos sobre la tierra pálida; como quien cabalga la yegua Noche.
Me deslizo de una pesadilla a otra. Pero todas son el maldito y yermo páramo.
PS: Sophie, he robado tu diario. Es lo único que me entretiene aquí. Sé que me disculparás; gracias.
Si te dan papel pautado, escribe (también) por el otro lado.
Jacinto Benavente, ()
EL LADRÓN: DIARIO DE SOPHIE.
La verdad y la belleza se persiguen
a través del jardín letal,
corriendo sobre ardientes rescoldos;
relojes en la oscuridad, entre almizcle, vainilla y
loto.
En alas de la mentira se encuentran, sin saber quién es cazador, quién presa,
y Dani California y Cygnus;
Hippies con cara de ángel, se consumen por la antigua conexión celestial, con la dinamo estrellada en la maquinaria de la noche. Dicen: “sad movies make me cry”
Y tú bailas. Bailarás, maldito monkey.
Suena una guitarra en el piso de arriba. El tipo que me trajo aquí me dijo este edificio es de una empresa que aloja pilotos. Lamento escribir que yo ensayé una cara de desdeñosa Cleopatra y tan sólo lo miraba pensando: estúpido hombre moderno, ignoras que soy Cleopatra.
No quería desmoronarme en la odiosa realidad. Había volado un montón de horas con la ropa empapada, sentía fiebre, no había comido, y estaba en una ciudad donde no quería estar. No recordaba cuál. En esa realidad el idiota era un anciano muy educado y con una camisa muy divertida que me hablaba y me hablaba, y yo sólo pensaba que o yo custodiaba la puerta de las estrellas y por lo tanto todos debían masajear mis doloridos pies, o me iba poner a llorar.
Mientras escribo, la guitarra sigue sonando. Toca bien. Voy a investigar.
He pedido delivery para cenar, y mordisqueo frías alitas de pollo para reunir valentía. Subo al segundo piso sigilosamente y pego la oreja a la puerta, pero la guitarra se detiene. Una chica de tatuada piel café la sostiene con una mano mientras con la otra abre la puerta y me enfrenta de golpe. Los rizos le acarician los hombros tostados y estoy a punto de hacer algún papelón para hipnotizarla y morder ahí mismo; en mi cabeza ya estoy clavando los dientes en su piel. Ella me mira, tensa y con cara casi de enfado, aunque es sólo una mueca de sorpresa.
Interrumpe nuestro romance alguien subiendo por las escaleras. Buenos días, buenas tardes, buenas noches; estoy segura de que dijo las tres cosas al mismo tiempo. Me distrajo y la guitarra desapareció tras la puerta, cerrada de un golpazo. No me giré lo bastante rápido para volver a ver los rizos. No me interesa para nada hablar con el nuevo vecino, así que balbuceo y me escabullo.
La guitarra vuelve a sonar con notas de blues…
El vecino me deja dándole vueltas, un poco mosqueada. Si es usted la vecina del primero, gracias por el aroma de lilas! Es muy agradable. Dijo exactamente eso. Un comentario propio de un psicópata; asesino en serie, probablemente. Pero no es estúpido: uso incienso de lilas. Y si puedes oler mis lilas puedes oler la marihuana del segundo.
Olía a marihuana, a café y a guitarra.
Mordería a la de la guitarra; es uno de mis olores favoritos.
El tipo había seguido hablando; una se alejaba de su cháchara como del sonido del mar: desaparecía lentamente. Si necesitan alguna cosacorrerápidoabrelapuertano duden en pedírmelamerdamerdamerdabuen té y buen café garantizadoscierralapuerta! La de pirámides que se podrían construir durante el tiempo que a este tipo le lleva pasar a tu lado. Cleopatra levantará pirámides más allá de Júpiter.
Yo levantaré pirámides más allá de Orión. El sueño entrópico terminó. Nos dejábamos arrastrar por un horizonte de sucesos de un corazón desesperado. Ahí afuera (ahí dentro) hay una luz negra, una luz muerta e invisible. Una geometría imposible y hambrienta. Invisible y hambrienta viaja el espacio, como un azatote ciego y demente, devorando soles y planetas. Viaja entre nuestros sueños secretos. Un dragón tenebroso que enfrentamos con celosías de subalgoritmos, lápiz y papel, supercomputadores, y alitas de pollo e incienso de lilas.
Llaman a la puerta. Es la de la guitarra.
No trae la guitarra, y se lo hago notar. Se llama Elise. Sudamos durante cuarenta y cinco minutos antes de que me aprendiese su sonrisa; cuando sonríe, me gusta tanto que algo en mí se derrite.
Y tú?
Soy escritora.
Qué escribes?
Me contratan otros escritores para ayudarles con cosas técnicas, en realidad es algo bastante aburrido; pero no puedo decir para quienes por confidencialidad y eso.
Algún famoso sin decir nombre?
No. Pero también escribo poesías y cuentos para mí. Me gusta escribir.
Debe ser muy difícil escribir; plasmar los sentimientos en papel.
A veces sí me resulta muy difícil, pero hay trucos que ayudan. Por ejemplo, las canciones tienen letras, y están entre las mejores poesías. Haz una playlist de canciones para un personaje; cada canción es el estado de ánimo de tu protagonista en una escena. Escribe todas las escenas juntas y ya tienes tu historia.
Yo hago eso, pero con películas y actores.
La Saga de John, por Elise:
El actor: Keanu Reeves, de acuerdo? El nombre del personaje es John; John Wick, por ejemplo. Es un asesino a sueldo, el peor de todos. Al final muere; por supuesto irá al infierno y entonces, qué hará? Lo que mejor sabe hacer, matar; pero en el infierno. Ese es John Constantine. Pero su destino también es terrible, porque al fin y al cabo está condenado. Y no hay peor condena que el tedio. Así que acaba siendo Thomas Anderson que desea escapar de Matrix. Rebelado, cambia su nombre a Neo, que es un anagrama de One o Eon/John, y lucha contra los demonios virtuales de Matrix. Al final se sacrifica por un bien mayor, como John siempre suele hacer, y no sería raro que resucitase de nuevo en el metaverso, esta vez como Johnny Mnemonic, quien no recuerda con claridad su pasado. Pues bien, cuando al fin Johnny recupera sus recuerdos, estos son los de Jonathan Harker en Dracula de Bram Stoker: ha perdido a su amada Mina y ha sido atacado y torturado por vampiros y fuerzas demoníacas. Traumatizado por los terribles sucesos, Jonathan/Johnny inicia una espiral de perdición y acaba en el lumpen como asesino a sueldo donde le conocen como John Wick. Y la dramática historia comienza de nuevo. Todo el tiempo es un personaje, John; y siempre lo interpreta Keanu Reeves.
Lo de Neo y Eon no pega.
Sí que pega y perfectamente, pero estás fumadísima.
No, tú estás fumadísima.
En tus sueños.
Mientras tanto, se comió todas las alitas de pollo que me quedaban. Fumamos varios canutos y bajó de su casa una botella de vino (nota: comprar vino). Elise trabaja para una aerolínea y vive viajando, y su compañía posee alojamientos como éste para los trabajadores. Estos edificios de apartamentos de breve estancia tienen un nombre en clave entre su gremio; las tripulaciones lo llaman Hotel Romeo.
Dentro de una semana habrá una fiesta en el ático. Ese día la punta de diamante de la aguja del tocadiscos cósmico tropezará y saltará. Gritaremos ouyea sincopados y bailaremos en una singularidad anarmónica como pequeños monkeys. Y tú bailarás. Oh, sí. Bailarás, pequeño monkey.
Seis días para el fin del mundo.
A sea of waves we hug the same plan(c)k…
Deftones, ()
EL EXTRANJERO: MANTÍCORA.
Las pisadas de Orcus apenas dejan huella en la tierra baldía, que no recuerda más estación que la que impone el frío bóreas. Recorre leguas de yermo paisaje hasta que algo llama su atención: apenas una mancha parda contrariando al viento, como una hoja otoñal que desoye el dictado del invierno. Orcus ve que es un ave, cruzando en su vuelo la gris bóveda del páramo. Tal vez un cuervo, portador de noticias y presagio de encuentros. El caminante se apoya pesadamente en la vara, y sus ojos siguen las acrobacias del pájaro, recortadas contra los nimbos.
Refunfuñando, medita sobre este augurio, y se procura más señales que le hablen. Su mirada estudia el suelo a su alrededor y camina hacia unos matorrales cercanos. Bajo los arbustos, de hoja dura y áspera, encuentra un acertijo; roídos y quebrados huesos de lobo. Desmenuzados por una fuerza terrible.
La tierra murmura, de unas formas incomprensibles. El viento arrecia.
Huele a peligro.
Alza de nuevo Orcus la vista al cielo, y le parece que el pájaro vira hacia el sur. El cazador se sienta en el suelo, cobijado en su maicassa, y da un par de tragos al odre. La superstición le hace dejar una marca de trampero, y canturrea mientras traza con su dedo un dibujo en la arenisca. El páramo es una tierra antigua, compleja; profundos son los caminos que la hollan, ocultos bajo el pesado polvo del tiempo. Difíciles de encontrar, y aún más difíciles de recorrer. Pero los caminos difíciles a menudo devienen hermosos.
La rapaz traza amplias espirales, escudriñando el páramo. Largo tiempo mira también Orcus la tierra; en ella ha dibujado una antigua runa de cazador. Su trazo sube firme y con decisión, quiebra en lo alto volviendo sobre sus pasos; luego desciende en un temerario picado. Confinada entre sus líneas hay una pequeña piedra, paciente y cautiva. La coge y la examina con atención.
Hasta que la caza termina, no hay cazador, dice el cuentacuentos. Yo he atrapado esta piedra; la piedra aún no me ha atrapado a mí. Guarda el guijarro el Lunargenta, y encamina sus pasos hacia una colina distante.
El viento del páramo, hostil, acompaña su ascenso entre las escarpadas rocas que asoman de la ladera y dificulta la marcha. Entonces ve una nueva huella, y sabe que un depredador ronda cerca; uno aún mayor que los lobos del páramo.
Grandes dientes de piedra surgen, aquí y allá, afilados y traicioneros, y lastimosamente el cuentacuentos los sortea en su avance. Sigue explorando la rota ladera del cerro, y pronto encuentra el nombre que busca; pues unas excrecencias negras perlan tres largos surcos en la roca, allí donde las largas garras horadaron la dura piedra. Unas glándulas exudan oscura ponzoña en las uñas de la bestia; un veneno paralizante que le permite devorar vivas a sus víctimas. La sustancia cristaliza y se endurece con el tiempo, de modo que la mantícora acostumbra a limpiar sus garras de viejos restos arañando losas y pizarras.
Esta es su guarida.
La mantícora está ante Orcus; agazapada apenas a cuarenta pasos. Su pellejo ceniciento, que sólo huele a tierra olvidada, se camufla silencioso entre grandes piedras. Gélida e inmóvil, la mantícora clava sus ojos fríos.
Hasta que la caza termina, no hay cazador.
Parecen quietos, por unos instantes; el viento que sopla feroz es el único que sigue el curso del tiempo. Orcus empieza a respirar, muy despacio.
Sólo los vivos respiran. Aún no lo ha atrapado la piedra.
Late aún roja tinta el corazón del Lunargenta, y canta.
Antiguas pesadillas
no perturban el corazón de Orcus;
porta consigo un sueño de plata
y le acompañan aves de sabias canciones.
El cuentacuentos afianza las correas de su macuto y asegura sus pertrechos, y avanza entre las sombras de los escarpados salientes hacia la bestia; paso lento, firme. El bastón enfrenta las rocas. Orcus silba bajito. La mantícora se agita y alza algo que jamás parecería un rostro humano; y las tinieblas crecen, brotando sobre ellos desde las altas rocas que pueblan la ladera y aferrándose al viento.
Soy Undico, dice en su gutural voz de bestia.
Se retuerce como una sombra en la penumbra, y las largas garras, afiladas como cuchillas, arañan el polvo del páramo. Orcus detiene sus pasos.
No; tú hace tiempo que no recuerdas tu nombre. Pero yo soy Orcus, y camino entre la tierra y el viento desde hace mucho. Vengo de más allá del horizonte, donde las aves cantan colores, y allí no conocen tu nombre. Y he viajado el lejano mar y he visto todos los cielos, y tampoco recuerdan tu nombre.
De nuevo se acerca el cazador.
Soy la voz cruel del invierno, susurra la mantícora; pero retrocede. Su piel arrugada, gris y dura, recuerda la nudosa corteza de un árbol quemado.
No; ni el mar ni el cielo recuerdan tu nombre. Eres una sombra perdida intentando ocultarse de la luz del fuego. Yo soy Orcus y guardo las leyendas de los Lunargenta, y las llamas alimentan mis historias.
El cuentacuentos sigue acercándose. Ahora puede ver bien a la bestia, vieja y escuálida. Muestra colmillos largos y curvados; capaces de desmenuzar roca y hierro.
Tú guardas algo que ella busca.
Orcus se detiene, a pocos pasos de la horrible criatura. Mira en los negros ojos de la fiera; cuatro pares de ojos, negros y huecos. El cuentacuentos frunce el ceño, airado.
Sigue arañando la piedra, invierno; esta tierra es más dura que mi pellejo. Soy Orcus el cazador y desciendo de reyes. Tú no eres mi presa, con que apártate de mi camino; no quieras buscar mi lástima. Acaso también tú te has convertido en una mascota de la Dama? Ten cuidado, o el páramo se ocupará de ti muy pronto!
La mantícora se revuelve y aúlla chirriante como pizarra. Orcus se sobresalta y se prepara para defenderse con su cayado; pero la bestia se aleja furiosa entre las rocas, acuchillando la piedra del cerro y confundiéndose con el terreno.
El cuentacuentos escucha el viento correr calladamente entre los ásperos matojos, y luego, apoyándose en su vara, continúa ascendiendo el collado. Exhausto corona Orcus el terreno, y se ocupa en recuperar el aliento.
La cima parece un derruido torreón; Orcus explora el cerro y contempla en derredor leguas y leguas y leguas, y leguas y leguas y leguas y leguas y más leguas de inhóspito páramo creciendo en todas direcciones. Busca en el norte distante las montañas, pero están ocultas tras un velo gris. Y una línea cruza toda la tierra desde el horizonte, como una larga cicatriz en la áspera piel del páramo.
Y en algún escondrijo de ese escenario, canta la mantícora, y es uncuchillo cortantefríoyafilado cortandochirriantelostendones (chirriantescortandochirriantes) delapiedradelpáramo. Y la mantícora habla de muerte y miedo y el viento es alarma y cae el cielo y fríofríofrío y fría muertemuertemuerte..
Orcus siente un dolor lacerante en el brazo, quizá en el hombro. Sabe que no ha sido herido por la mantícora, aún oculta, lejos, bajo alguna sombra. Aún así, su cabeza se nubla imaginando la negra ponzoña paralizante de la bestia. La mantícora aúlla de nuevo, y su agudo quejido ensordece el páramo. Su voz es el terror.
Qué poco amable es el páramo.
El cuentacuentos prepara un fuego. Cae la noche, y las lenguas de oro iluminan la cima del cerro. A varias millas de distancia, los lobos advierten su destello. No sólo ellos; también los esbirros de la Dama pueden verlas, aún sin ojos.
Y la mantícora grita incesante su canción a la oscuridad.
Orcus toma una tea ardiente e inspecciona con cuidado el alto; entre las escarpadas rocas el fuego ilumina derruidos muretes y también algunos escalones. Pues esa colina tuvo nombre en tiempos antiguos, y muchos caminantes la visitaron en pasados lejanos. Los ojos sabios del cuentacuentos encuentran los restos de una fragua, de sencilla y práctica factura, a la manera de los nómadas Lunargenta. Orcus frota sus manos, ateridas de frío. El trabajo las calentará.
Incluso el páramo encierra historias.
Undico era el nombre del invierno, y habitaba bajo las raíces de las montañas, y sobre sus cimas siempre blancas. Pero gustaba de viajar hacia el valle y visitar los bosques, y entonces era un viento frío que regalaba nuevas primaveras a los nevados árboles, fuertes y orgullosos.
Brillan los ojos grises reflejando el calor de la forja reanimada, y el cazador toma de su macuto los fragmentos de una cuchilla rota. Con gran reverencia, Orcus añade una pequeña oblea metálica a la aleación; una pieza circular del tamaño de una moneda.
En uno de sus paseos el viento de invierno halló a la Dama, y vio que sufría congoja. Misericorde, se quedó acompañándola; pero aunque a la primavera cantaba, no conmovió a la Dama, y olvidó volver a sus montañas. Pasó el tiempo; cómo las añoraba! Y cantó a las montañas y sus cumbres blancas. Su canción fue un viento de invierno, los bosques se helaron, y la primavera no regresó; así está cantado.
El canto de la mantícora cesa de pronto, acallado por el martilleo de Orcus; la hoja incandescente arroja fugaces chispas bajo el martillo del Lunargenta. El cuentacuentos la toma en alto, la estudia contra el cielo, y la entierra de pronto hasta la cruz en la yerma tierra del páramo.
Pero el sol siguió saliendo, dice Orcus. Y extrayéndola de la piel del páramo, contempla la humeante, ennegrecida hoja de la espada. Continúa su trabajo con manos hábiles; todos saben que no hay mejores herreros que los Lunargenta, y la forja es el más requerido de sus servicios cuando su camino cruza las tierras civilizadas. Cuando llega el amanecer, Orcus está terminando el arma. Falta mucho trabajo para tener una verdadera pieza, pero el metal es bueno. Servirá, dice; y comienza a afilarla. Y mientras trabaja, el Lunargenta canta.
Siéntate conmigo junto a la hoguera.
Riámonos hasta bailar.
Bailar, entre las llamas.
Ser la danza.
Rojas lenguas que se entrelazan.
Las nubes parecen a veces bramar quedamente. Contemplan el páramo inquietas, pues por primera vez en muchas jornadas el viento parece cambiar y volverse más húmedo, y porta pequeñas gotitas de humedad que se pegan a la piel del rostro de Orcus. En el norte hay súbitos fogonazos de tormenta, que estremecen el horizonte.
El cazador envuelve su arma en pieles.
Y cala la llovizna cuando la mantícora lanza su horrible chillido, oculta en alguna parte del páramo. Unas pequeñas sombras se agitan torpemente a lo lejos, como hojas secas empujadas por el viento. Pero aún erráticas, se acercan a la colina, conducidas por una fuerza que las impulsa hacia Orcus; y él lo sabe. El cuentacuentos enciende su pipa ante la hoguera, que se enfría silenciosamente. Grandes volutas de humo rodean a Orcus, y danzando al son del canturreo del chamán crecen y se extienden por todo el cerro, ondulantes, hasta convertirse en una densa niebla que oculta toda luz. Y el Lunargenta apaga el fuego, se sienta, y espera.
Al cabo de un tiempo la desgarbada figura de la mantícora aparece reptando por el cerro. Se desliza entre los jirones de la bruma, que cada vez es más espesa. Desaparece, mimetizándose con las rocas, babeando odio. En la distancia, se oyen rápidas voces de carroñero.
Comienza la caza. Orcus toma la espada, envuelta en harapos, y se interna en la niebla. Las pequeñas gotas de llovizna vuelan suspendidas, casi inmóviles, flotando entre la calígine. La humedad parece amortiguar los sonidos, y entre la niebla reina el silencio. Orcus sigue el rastro de un camino entre las gotitas de lluvia; también él deja una estela al arrastrar consigo la llovizna. Baila entre la bruma siguiendo ese laberinto de silenciosa melodía escrita en el aire; igual hace la bestia.
Los perros de la Dama se unen a su danza; son seis quienes se adentran en la niebla del cerro. Son fétidos y escandalosos, y pronto breves gritos anuncian sus primeras bajas ante las ávidas garras de la mantícora.
Se desliza el Lunargenta danzando en silencio las brumas, susurrando un secreto a sombras tenebrosas; ladrones de sueños que agitan la Celosía; relojes en la oscuridad.
Un ruido sordo a su derecha hace a Orcus investigar, y encuentra un cuerpo despedazado. El cazador se agacha y examina una pequeña bolsa de cuero. Contiene algunas viejas monedas y un talismán; pertenencias de un hombre caído mucho tiempo atrás, ahora un monstruo abatido por otro aún más cruel.
Nuevos ruidos de lucha; y de nuevo Orcus acude. En un pasillo de altas agujas de roca encuentra una gran sombra que se arroja sobre él en cuanto advierte su presencia. El esclavo de la Dama descarga un fuerte golpe que Orcus detiene con el báculo en una mano y la espada, envainada, en la otra. Pero el Lunargenta no devuelve el ataque, y se hace a un lado rápidamente para evitar la embestida de la mantícora, que acechaba desde las alturas. Orcus había atraído la atención de la bestia para lanzarla contra el esbirro. La mantícora se cierne sobre su presa y atraviesa sus miembros para devorar cuello y rostro.
Qué pestilente es su sangre!
Undico hunde sus largas garras en la dura tierra del páramo, disfrutando los estertores del moribundo. Persigue los rastros de olores entre la niebla, y encuentra un nuevo esbirro de la Dama; también lo mata de inmediato. Arroja los despojos a un lado con rabia y se encarama a unas rocas; escucha con atención.
Todo es calma; los perros de la Dama yacen sin vida y en silencio. Un olor a humo surca el aire, se intensifica. La mantícora desciende siguiendo su indicio, y encuentra los restos de la forja y la hoguera de Orcus.
Un destello metálico quiebra la niebla; Orcus dirige su espada al corazón de la mantícora, y cazador y bestia caen al suelo mientras forcejean. La mantícora chilla intentando alejar el acero de su oscuro pecho; el brujo empuja con fuerza la hoja, atravesando la piel de roca y clavando el arma casi hasta la empuñadura.
El baile de brumas ha terminado. Vuelve a la roca. Largo tiempo has sido el nombre del invierno en el páramo; descansa ahora, danzabrumas, y vuelve con el viento de la primavera.
La hoja del arma se parte violentamente; la mantícora se petrifica al morir. Su carne se vuelve de roca, sus huesos se tornan fierro, y yace inerte entre la niebla mostrando un fragmento de acero; quebrado asoma en su pecho. Orcus observa el frío metal enterrado en el monstruo de piedra; en su mano, aún parece vibrar la empuñadura de la espada rota.
La niebla se disipa. Pronto sobre el cerro sólo hay algunos jirones de bruma; que vagan, desnortados, dejando hálito de rocío sobre la pizarra.
In the bleak midwinter,
Christina Rossetti
EL LADRÓN: RADIO GAGA.
Feliz lunes! Día de Selene y los secretos.
Sintonizad la radio, macacos.
Radio Reloj Hotel Romeo dice “tic, tac” en la oscuridad.
Intenté reconfigurar el éter a mi alrededor. Estaba en un acogedor apartamento. Sostenía una bolsa. Con naranjas, croissants, manzanas. Una vecina extraña fumaba sin parar y sin parar hablaba de geometría. Conseguí desembarazarme un poco de las brumas de metaéter y encontré una taza de café en alguna parte. Eso me indicó que iba por buen camino; ya casi estaba en Hotel Romeo.
Sophie.
Entre las cacofonías y los cantos de sirena la disertación sobre matemáticas era más o menos interesante. Le pregunté a aquella voz si sabía algo de los carontes y la Telemaquia Malkaviana. La vecina se esfumó.
Ping.
El canto geométrico surgió de nuevo en otra parte. Creo que era un Navegante, aunque estaba lejos, oculto entre abisales jirones de tinieblas. Sintonicé su radio y lo seguí a través de una brumosa escalera infinita.
Al fin y al cabo los Navegantes nunca se pierden.
Surcan los horizontes de sucesos de las puertas de Tannhauser, llenando la tempestad de resplandor de relámpagos de azul cerenkov. Murmura a su paso la femtomaquinaria de brumas del éter, en melodiosas geometrías de fractoalgoritmo.
Feliz lunes desde Hotel Romeo.
Soy Ragabash, el embaucador entre las brumas, en busca de valiosos secretos.
Sintonizad vuestras radios, macacos lunáticos.
Y tú bailas, bailarás, pequeño monkey.
Samba Bugatti
II: LA ASESINA.
Era una oscura medianoche en la que yo reflexionaba, un poco dormido, ante un antiguo volumen de olvidados saberes. Un poco dormido, y un tanto borracho. Un martes.
Neobe suspiró ostensiblemente. Se encontraba ante la Puerta de la Nada. Junto al portal, de qintsencia bronce y jade, colgaba un exquisito medallón de oro con la forma de la cabeza de un imponente dragón, brillantes joyas sus ojos; y el medallón afirmaba ser el Gran Robacoches el Sabio, Archimaestro de Llaves del Moderno Imperio Mîm. La misma Emperatriz había engarzado sus esmeraldas, decía Urtytalus. Oráculo, soy Neobe la Noctámbula, y necesito usar esta mágica Puerta.
Ah, qué noche aciaga fue aquella!, se dolía el colgante de oro, declamando.
Tu deber es ayudarme, y no me importa cómo acabaste convertido en un juguete. Pero la Boca de Urtytalus parloteaba sin cesar.
Las joyas no necesitan respirar.
También drogado, si mal no recuerdo, pero quién sabe hoy en día, que ya sólo se vende jaga entre pellizcos en callejones oscuros como medianoche. Y esa medianoche, yo no estaba de guardia como maestro de llaves de la factoría de Aubrumm, aunque podría haberlo estado. Lo habitual es que estuviese, tal era mi deber, cuando lo era. Sea como fuere, ese, y no otro, era el escenario del fin. En mi noche libre, había acudido a un bebedero insignificante, con un nombre como El Ogro Tunante o algo así; una posada de cerveza y borrachos. Un tres en uno: emborracharse, pelear y dormir, todo en la misma estancia. Yo había ido para deleitarme en un libro clásico, merecido premio de un servidor infatigable, pero se celebraba algo; soldados entraban y salían a voces y algunos compañeros y conocidos asomaron aquí y allá, y el libro, una deliciosa colección de cantos románticos de un soldado y viajero admirable, cuya hija fue por cierto una de las mejores filósofas de todos los tiempos, bueno, avanzó poco el libro pese a su genio y se fue quedando relegado a una esquina de una mesa olvidada y salpicada de café, mientras yo me jugaba a los dados mi honor y el de qué sé yo cuántos desgraciados contra una sólida apuesta de licores de hierbas y extraños cigarrillos mal enrollados; de jaga, por supuesto.
Si hay alguna clase de orden o sentido en el jolgorio y el caos de la tropa fuera de servicio, el sabio señale cuál es, yo no lo sé. Ante tal dilema en nuestras legiones escogieron el camino del látigo. Y la memoria del látigo ardió pronto en las espaldas de la turba, poniéndola firme. El silencio y la serenidad cayeron como ascuas estelares, cernidas sus sombras sobre los otrora rugientes mares del caos; poeta es el oficio de mis pasiones, como veis.
Silencio y serenidad decía, mas fingidos y temerosos, pues tres oficiales entraron en el vertedero conocido como El Ogro Errante esa medianoche de desolado pleno diciembre.
Los soldados cuadramos e hicimos muecas de forma admirable, puñetazos y canciones a una; recio era el regimiento de Aubrumm, que había sido disciplinado con fierro vivo. A las miríadas de desgraciados que habitábamos ese arácnido de infinitas patas de negro acero, encadenado a las montañas del corazón del yermo, nos llamaban la Legión del Cuervo de Hierro. Alas de fuego nuestro estandarte, en los galones de las tres oficiales que, despreocupadas y jocosas, hacían resonar sus botas sobre el silencio de la tropa y ocupaban una mesa, encargando bebidas.
Aguardamos los nadies en silencio unos instantes; la costumbre de ver si la realeza ordena algo a su llegada. Al cabo de unos minutos pareció volver la normalidad al Ogro, pero enmascarada; los más borrachos, los más feroces y los puños más manchados de sangre, saldaron con rápidos susurros sus cuentas y comenzaron a hacer planes para marcharse discretamente.
Pero no llegarás a capitana sin unos ojos vigilantes. Las oficiales detectaron el miedo y mordieron a la presa. Celebraban el ascenso de una de ellas. Nos informaron de que todos nos quedaríamos para la fiesta, y habría sangre para los menos corteses. A una oficial degradada se la había relegado durante meses a aliviar a la tropa. Y una vez levantado el castigo, celebraba su venganza por todo lo alto. No merece la pena hablar en detalle de lo que sucedió en las siguientes horas.
Resumiendo, yo había bebido bastante, y creo que las oficiales tenían más que jaga; maldita sea, el tipo de el Ogro sacó bebidas que no había visto en mi vida con sólo un gesto de ellas. Estaban a años luz de lo que un soldado podía aspirar a pagar tras una larga vida de éxito; porque ellas eran élite. Podían dejar tuerto a un cuervo a un kilómetro, memorizar un libro de un vistazo. Eran de otro maldito universo en la metajerarquía.
Iban a ganar la guerra, y al Imperio sólo le importaba una cosa: ganar la guerra. Me pareció un buen lema mientras me jugaba la vida entre tragos de dulce licor de café entreteniendo a la élite; oh, aquella noche era el licor tan dulce! Y es que el de los soldados es siempre amargo, pues lo dulce es caro en los rincones olvidados del yermo; pero esa noche yo bailaba sobre el abismo en pequeños vasos de cristal con un aguardiente que había viajado mucho mundo antes de terminar en el Ogro de Aubrumm. Había bebido al menos diez junto a la capitana Rogue Tícore (y ella cargaba los míos generosamente), y apostaba mi propia alma contra su fugaz risa. Si la contrariaba o aburría, seguramente me vería en la horca, o daría nombre a un nuevo tipo de horca. Su mayor afición era amenazar mutilaciones; la tortura del lacayo es la única pasión conocida de la oficialidad.
Dos horas más tarde, yo sujetaba su pelo mientras ella vomitaba todo el zumo de miel de jaga que habíamos compartido en varios Ogros, algún Trasgo y hasta Dragones. Hasta ese momento ella y sus compañeras habían ejecutado a una docena de cabezahuecas. No me pareció una mala noche, pues llevaba buena cuenta de cuántos indultos yo había conseguido, con parda gramática y lengua zalamera; escudo de armas del veterano. Y recordaba la noche en que por el cumpleaños de no sé qué rancio abolengo, quinientos rompebotas acabaron en cenizas en un burdel.
Y pensaba en mi cuchillo aún descansando en mi costado, y el blanco cuello de la capitana Tícore, perfilado a la manera del boceto de un artista clásico; pero también en que la pérdida de un oficial supone un castigo a la tropa, y en que la primera misión de una sustituta es crearse una reputación infame. Y mi daga no se alejó de su funda, y tras una noche de niebla llegó el día a Aubrumm. Fue el día en que deserté.
Como maestro de llaves, hice lo único que podía hacer. Me sumergí en la Tempestad, a través de un olvidado artefacto malkaviano, ya sólo conocido por los que llamaban filósofos, vulgarmente conocidos ahora como oráculos; una puerta a la Nada. Por lo que pudiera ocurrir, dejé una copia de mi consciencia en este hermoso y elegante objeto que ves.
Me convertí en un ladrón de sueños.
-Filósofo, basta de historias: debo cruzar el portal.
El medallón dorado pretendió ignorar el tono desdeñoso de la asesina. Esta vez fue él quien suspiró. Canturreó algo, medio distraído.
-Dices que has de cruzar la Puerta?
-Ajá. Y como filósofo imperial, me ayudarás. Es una orden de la Tejedora.
-Si has de cruzar, cruza.
-Es seguro? Cómo funciona?
-No sé cómo funciona la Puerta.
-Cómo dices? Y entonces para qué valéis los filósofos?
-La Puerta es un metaéter entrópico denso de femtomáquinas con un patrón caótico de subalgoritmos; es impredecible. Una vez entras, no hay forma de saber dónde o cuándo o cómo o si saldrás. Y hay una probabilidad no-nula de que ocurra cualquier otra cosa.
-Tu trabajo es predecir, oráculo; tu trabajo es saberlo.
Lasciate ogne speranza voi ch’intrate, grullo.
La Boca de Urtytalus volvió a declamar de forma teatral, y Neobe hundió la cara entre las manos en desesperación.
Sócrates, querida: sólo sé que no sé nada. Fue uno de los notorios mortales que consiguieron alcanzar el olimpo y regresar con una cañaheja encendida por el divino fuego de la verdad, para iluminarnos. Y no hay más verdad que el fuego, la destrucción de cualquier verdad, pues hasta a sí mismo se consume. El mundo está loco, es un azatote bobo y ciego que se mece al son de locas cosquillas. Sólo la paradoja tiene sentido en este lugar que devenimos en llamar el metaéter, motivo por el cual la Puerta de la Nada es el arma definitiva que asegura la hegemonia del Antiguo Imperio Urtytalus. Verbi gratia; non nullus.
Estoy muy poco impresionada con tus galimatías. Oráculo, qué hago para cruzar? Dímelo ya o te arranco los rubíes a mordiscos.
Entras por la Puerta.
Qué más?
Intentas no perderte.
Esto es inútil. No soporto a los filósofos.
Lógico.
Neobe penetró en la Puerta de la Nada.
Las brillantes gemas de los ojos de la Boca de Urtytalus relucieron, reflejando los bailes de las llamas y los rescoldos que restallaban en las ruinas de Aubrumm.
Durante unos minutos de soledad el filósofo se mantuvo en silencio, colgando junto a la puerta que custodiaba, acompañado de los truenos y rumores de nubarrones de acero y mecurio. Luego habló, melancólico. Siempre es agradable un poco de charla; pero me gustaría que un día alguien me llevase de aventuras.
Y Elric entró en la sombra y se encontró en un mundo de sombras. Se volvió, pero la sombra por la que había entrado ya había desaparecido, confundida con el resto de la oscuridad.
Michael Moorcock

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