…fiery, the angels rose;

…deep thunder roll’d around their shores;

…burning with the fires of Orc.


William Blake




EL EXTRANJERO.


El viento no tiene nombre en este lugar.


Es un vendaval terrible, el que azota el páramo, y pocos árboles logran alzarse en la tierra cenicienta; pues la castiga un aire, seco y frío, que desgarra en jirones el techo de nubes; nubes de gris plomizo, de oscuros hollín y azogue. Algunos mechones de áspera hierba habitan, aquí y allá, el paisaje de cantos rodados, pero contemplando el cielo el extranjero siente hallarse encerrado en una vasta y hueca caverna.


Tembló el suelo, y un rumor ronco llegó desde levante. Orcus miró largo tiempo una figura dibujarse en el horizonte, y en truenos y minutos tomó forma un coloso; un titán de piedra, que cruzaba el páramo estremeciendo la tierra con largas zancadas de gigante. Se encontraba a varias leguas de él, braceando con lenta cadencia contra los nimbos que a gran altura se deshacían en su pecho, como un hombre vadeando un río. Y realmente semejaba un hombre, aunque su piel gris evidenciaba ser de la misma roca que sus grandes pasos quebraban. Ocasionalmente el destello de un relámpago iluminaba las alturas, y brevemente podía vislumbrarse su cabeza sobre los nubarrones; y en ella, un barbudo rostro, anciano y cansado.

Un viejo recorriendo el páramo por un motivo olvidado.

Orcus se protegió del lacerante frío arrebujado en su robusta capa, de oscuro pellejo curtido como acostumbran a serlo las gruesas capas norteñas: maicassinha, en su interlengua. Aguardó, observando fascinado al titán, y el gigante andarrocas viró su rumbo hacia el norte y, poco a poco, se perdió de la vista. Y el rumor de sus pesados pasos se alejó con él, así que Orcus reanudó su camino.

Ni la piedra encuentra reposo en el páramo, se dijo; y Orcus, el cazador, marchó.

En su rostro, densas cejas descansaban sobre capiteles de piel arrugada, cobijando una mirada de vivos ojos claros, y su barba parda mostraba mechones canos como metálicos reflejos en el rostro de una estatua de bronce. Caminaba a través del páramo ayudándose de una vara de madera carmesí, y cargaba un gran macuto de arpillera. Parecía un viajero perdido, pero Orcus conocía muchos caminos. Era un cazador de los nómadas Lunargenta, forjadores y cuentacuentos de cierta fama, embaucadores y brujos también bastante notables; no, jamás se perdían.

Percibió que la noche se acercaba, oculta tras las densas nubes, así que se procuró cobijo. Sus ojos entrecerrados dieron con un posible refugio y dirigió allí sus pasos. El esqueleto de un árbol se inclinaba en una profunda reverencia junto a un montículo de grandes piedras redondas y rotos cantos rodados; algunos de considerable tamaño. Orcus oteó el horizonte, y tras elegir el lugar más resguardado del viento comenzó a preparar su campamento. Dispuso leña para una fogata, sacó la bolsa de tabaco y canturreando se preparó meticulosamente una pipa. Después de encenderla se acomodó en la fría piedra, abrigándose con su capa, y el humo huyó veloz de sus labios, arrastrado por una ráfaga de aquilón.

Oscurecía. Alzó el mentón olfateando el aire; luego, pensativo, habló con voz grave.

Muéstrate, espíritu. Soy Orcus, viajero de la Luna Argéntea. Estoy de paso en estas tierras severas. ¿Por qué me observas, pero no me saludas?

La única respuesta que obtuvo fue el feroz ulular del páramo.

Orcus casi sonrió y se encogió de hombros. De nuevo rumiando una canción, preparó la fogata. Inquietas centellas surgieron, y sopló con esmero hasta que brotaron tímidas llamas, que comenzaron a alimentarse con la hojarasca; parecía despertarse en ellas más hambre cuanto más hacían por saciarla. Sin embargo, una racha las agitó, y se disolvieron en finos hilos de humo.

No habrá fuego, siseó burlón el viento.

Orcus frunció el ceño y mesó las barbas. Volvió a intentarlo, refunfuñando, acercando la cara a la yesca y musitando a la leña palabras que eran arrastradas lejos en cuanto salían de su boca. Pasó un tiempo considerable agachado junto al fuego, tratando que prendiese, hasta que finalmente rojas lenguas se alzaron. El viento las combatió, agitándolas como a las crines de un caballo salvaje al galope, pero resistieron. El cazador usó un ascua para encender su pipa, volvió a recostarse en la piedra y contempló la hoguera, satisfecho; las llamas se erguían triunfales. Sus palabras se impusieron sobre el silbido del viento cuando, admirando el refulgir del fuego, comenzó su narración con ronca voz de roca.


En la tradición de los Lunargenta, tenemos el deber de preservar las historias. Los padres cuentan a sus hijos las que conocen, cuando nos reunimos las intercambiamos, y cuando viajamos las buscamos. Uno de nuestros relatos tiene lugar en una isla perdida, olvidada en el ahora lejano océano. Habita esta isla una antigua tribu que ha aprendido a vivir en paz y no enojar a la tormenta; y son cazadores que portan largas lanzas pues conviven con el gatalûme, un animal bello y peligroso, y ellos lo respetan y son cautos al viajar por su territorio porque como ellos es gran cazador, de bestias pero también de humanos. Cada cierto tiempo organizan una gran partida y dan caza a este gatalûme, y es un peligroso juego en el que a veces los hombres mueren; sin embargo a la fiera no la dañan con lanzas o trampas, sino que la persiguen con antorchas y redes, pues sólo se enfrentan al gatalûme para medir su fuerza y entrenar su astucia. Para ellos las tinieblas de la jungla no son un enemigo, sino un maestro, y respetan al gatalûme y las artes que les muestra. Esta historia es sobre ellos.

Así que en la penumbra del crepúsculo dos se internan en el corazón de la isla; uno de ellos es un muchacho, el otro es ya anciano. El viejo elige para acampar un lugar de su agrado y ordena al joven que disponga un fuego, y éste obedece. Mientras cenan, sus ojos escudriñan la oscuridad de la noche que se despliega sobre ellos, y prestan atención a los susurros del viento, pues deben cuidarse de que el gatalûme no está al acecho. Finalmente el abuelo habla así al nieto:

-Esta noche pasarás el ritual de mayoría de edad de nuestra tribu. Cuando yo tenía tus años, mi padre me trajo a este lugar y cenamos como tú y yo esta noche. Tiempo después, yo traje a tu padre, e hicimos lo mismo. Llegó en la noche siendo un niño, y en la mañana regresó a casa y era un hombre. Así es la costumbre.

-¿Vamos a cazar un gatalûme, abuelo? -interrumpe impaciente el chico.

-¡Calla, niño! -ordena el hombre, y continúa la ritual letanía.- Como tu padre ha muerto, yo tomaré su lugar; echa ahora más leña a ese fuego y escucha con atención. Esta es la historia que conté a tu padre, la misma que mi padre me contó, y es la historia que tú contarás a tus hijos.

“Eran un hombre y una mujer. La mujer llenaba el mundo de maravillas; en la negra noche tomó las gotas del rocío y las arrojó al cielo, donde se convirtieron en estrellas. Y entre las estrellas colocó su espejo, que es la luna. Y el hombre ponía nombre a todos los prodigios que la mujer creaba; el sol, el mar, el viento, la risa y el recuerdo, y muchos otros. Y cuanto más espléndidas eran sus creaciones, más complacida quedaba la mujer con los nombres que él ideaba. Y un día ella le pidió al hombre que le pusiera nombre, que eligiera un nombre para ella misma. Él pronto pensó uno, pero la mujer entonces se apresuró a decir:

-Ahora no me lo digas, pues quiero adivinarlo; así que promete que jamás me dirás cuál es, hasta que yo lo acierte.

Y él así se lo prometió. Y nunca rompió su promesa.”

-Esta es la historia que mi padre me contó, casi con la misma voz y casi con las mismas palabras, y ahora que la conoces, la tradición está cumplida. Las mujeres cuentan otra historia, en la lengua secreta que las mujeres usan. Algunos dicen que los hombres cuentan una mitad de la historia y las mujeres la otra mitad. Otros dicen que ellas conocen el nombre de la mujer; sea como sea, esta es la historia que debes conocer. Esta es la manera.

Calla el viejo por largo tiempo, observando la confusión en el rostro de su nieto, y reconfortando de paso el gaznate con un trago de licor dulce.

-¿Eso es todo? -pregunta estupefacto el joven. -¿Qué significa la historia?¿Eran personas o dioses?¿Adivinó ella el nombre?

El viejo agita la mano en el aire, desdeñoso.

-Es un enigma, bobo; no hay respuesta alguna, pero buscarla te hará más sabio.

El muchacho está perplejo, incluso decepcionado.

-Menuda tontería, abuelo.

El veterano cazador prueba un nuevo trago, y entorna los ojos mientras el joven se queja. Y de pronto (paf!) choca una mano nudosa en la rodilla, impaciente.

-La historia es como es, así que respetarás los cuentos de los viejos, que han oído y contado más historias que tú. -Cómplice, el abuelo palmea el hombro del nieto y le ofrece la petaca de aguamiel.- ¡Ja! ¿Esperabas que se te revelase algún importante secreto?¿Crees que cazar y matar al gatalûme te convertirá en un hombre de honor? No, así es como desde ahora serás un adulto: resuelve tus asuntos, encuentra sentido a tus historias, y respeta a tus viejos. Eso es lo que alguien honorable hace. Y cuando te internes bajo la luz de la luna para cazar al gatalûme, lo harás con respeto y sin daño, pues sólo lo ponemos a prueba para que siga rápido y artero. Un verdadero cazador se procura sustento y paz, no trofeos para impresionar a los chiquillos.

El joven pasó la noche pensando en el extraño relato, y habló con su abuelo de muchas cosas: de la caza, de su padre, y de las constelaciones que salpican el cielo limpio y del gatalûme que acecha en el oscuro corazón de la jungla. Por la mañana regresó con el resto de la tribu, y celebraron su llegada con una fiesta porque ya era un hombre adulto. Y cuando tuvo hijos y éstos crecieron y aprendieron sus costumbres, también los llevó al corazón de la isla y les contó la misma historia, y brindaron por la memoria de sus antepasados.


Orcus encendió de nuevo su pipa; se había apagado durante la narración, mientras caía la noche sobre el inhóspito páramo. El fuego carmesí seguía bailando con el viento e iluminaba el árbol muerto que se alzaba frente a él. Las secas ramas se arqueaban hacia las llamas; la madera buscaba el calor de la hoguera. Tras revolver en su macuto Orcus encontró una pequeña bolsa de cuero, tomó de ella un pellizco de hojas secas y las arrojó a las brasas, donde por unos instantes crepitaron, doradas y ditirámbicas, entre brillantes volutas de humo.

Muéstrate ya, espritocéfiro, o déjame dormir tranquilo.

Y entre la humareda iluminada por las llamas se dibujó la imagen de una joven, una figura tremulante y vaporosa, remolineando en la oscuridad. Sus cabellos eran dorados y llevaba un vestido blanco bordado que mostraba los hombros. Era joven y de porte hermoso y noble, y sus ojos azules relampagueaban, súbitos zafiros de una tormenta de verano. El regio semblante enmarcaba una sonrisa pícara, y sus movimientos dejaban una estela fantasmal que el viento se afanaba en deshilachar.

He escuchado tu historia, Orcus de los Lunargenta, y conozco el valor del presente que me has dado. Sabe que este es un lugar peligroso para todo viajero; tus sueños no serán tranquilos en el páramo, pues esta tierra está bajo la mano de la Dama, dijo con una voz clara y serena.

El cazador saludó al espíritu con una respetuosa inclinación de cabeza. Finalmente, esta noche el público agasajaba al trovador.

Agradezco tu advertencia, honorable, dijo Orcus, sacando volutas de su pipa. Y tu presencia; pues he recorrido los caminos de este yermo muchas jornadas, y hasta ahora no había encontrado en él más palabras que las mías.

No encontrarás muchos espíritus que elijan permanecer en este lugar, respondió ella. Yo ahora sólo soy un fantasma atado a un árbol caído, pero una vez este país era mi hogar, y mi nombre era pronunciado en todas las lenguas del mundo. Por eso permanezco aquí, en la sola compañía de mis recuerdos; esta tierra seca aún no ha olvidado quién fui. Pero puedo ver también mucho de lo que acontece en el camino de los vivos. Cosas que dormían profundamente y que ahora se agitan en sus letargos, y un gran fuego creciendo en el corazón del desierto; y aún otras.

Orcus asintió lentamente, cavilando sobre las palabras del espíritu. La imagen de la joven se diluía y recomponía a cada momento, fantasmal y cambiante, como el fuego carmesí que luchaba contra el viento del páramo.

Me he cruzado con un andarrocas, dijo Orcus. El más grande que haya visto jamás. No creí que hubiese andarrocas tan grandes; no tan al sur, al menos.

Dos viejos recorriendo el páramo por un motivo olvidado, respondió burlón el espíritu, con risa musical, y sus azules ojos de lechuza brillaron. También Orcus rió, pero el fantasma continuó hablando, y en esta ocasión su melodía se tornó susurro.

Escucha ahora, Lunargenta; sé que portas un objeto singular, y has atraído la atención de la Dama. Sus siervos te están buscando en este mismo momento, mientras hablamos junto al fuego. Las llamas carmesíes se agitaron con las palabras de la hermosa muchacha.

Comprendo. Debo pedir tu consejo, noble presencia.

No me atrevo a aconsejarte, pero te diré lo que mi corazón me dicta: parte al sur con el amanecer, forja tu acero, y busca la voz del viento. Ese camino tal vez te cuidará de la Dama.

Orcus agradeció al espíritu su mensaje, y la imagen se deshizo en una ráfaga de aire; como el alba deshace el recuerdo de un sueño. Meditabundo, tomó un trozo de pan y un poco de queso del interior de su macuto y comió despacio, los grises ojos reflejando el fuego. Por un tiempo bailaron las llamas en sus pupilas al son del silencio.

 Casi todos habían olvidado ya las antiguas formas, pero no los Lunargenta; cualquier chamán, diablo o bruxo sabe que no hay mejor truco para ganar el favor de un espíritu antiguo que entretenerlo con una buena historia. Además, siempre es agradable un poco de charla cuando se viaja en solitario; aunque tenga que ser con un fantasma.

Esa noche Orcus durmió intranquilo, tratando de ignorar los sonidos del páramo. Soñó, y en su sueño, el susurro del frío céfiro se transformó en murmullo de ardiente arena deslizándose.


El cuentacuentos alzó el rostro al sentir una luz súbita, fuerte y clara, que le hizo parpadear. Un desierto de dunas y de luz cegadora se extendía infinito a su alrededor, bajo un cielo blanco y sin sol. El calor seco y abrasador reconfortó la piel del Lunargenta, que aún recordaba la caricia gélida del viento del páramo. Sus pies se hundían, pesados, al ascender por una alta duna, provocando desprendimientos de arena; como resplandecientes partículas de polvo de oro y de plata que flotaban y se pegaban en su tez asolada. Cuando llegó a la cima, sediento, contempló el luminoso paisaje.

Se agita en su sueño el dragón negro.

Tras Orcus se alzó una sombra; y al volverse vio en la lejanía una oscuridad creciente. Una inmensa tormenta de polvo se elevaba como una montaña en el horizonte, y sus sombras no tardaron en extenderse y cubrir todo el cielo. Las arenas perdieron su brillo, y el aire adquirió un tinte sucio mientras la oscura tempestad se acercaba veloz, desdibujando las cordilleras de dunas en torpes borrones. Y en el corazón de la tormenta ardía un tenebroso fuego, y Orcus supo entonces claramente qué era esa sombra que se cernía sobre él.

Phên.

Cobijado en las entrañas de la tierra, dormía el dragón en profundo trance. Mientras durmiese, la vida podría prosperar. Así contaban, pero también advertían: no dormiría por siempre. Y cuando despertase de su milenario descanso se alzaría en funesto vuelo, devastando la tierra y arrasando la civilización del hombre hasta los cimientos. Era la primera historia, y también la última de todas las leyendas. Era lo que los Lunargenta no debían ignorar. Pues el dragón viajaba con un oscuro fuego bajo sus alas, y su canto se extendía por el desierto y más allá del horizonte, devorando toda luz. Era el final de todo, el Olvido.

El dragón negro.

Orcus tomó un puñado de arena, dejándola deslizar entre sus dedos; algunos granos, adheridos a su mano, centellearon tímidamente como dorados asterismos. La constelación de la serpiente marcaba el paso de las estaciones con su lento viaje a través del cielo. Pero ahora las estrellas estaban ocultas, prisioneras entre tinieblas. 

Entonces un rumor lejano creció, retumbando como trueno de mal augurio, hasta saturar completamente sus sentidos; y al fin la oscuridad lo envolvió todo.


Cuando el cazador despertó, se adivinaba la llegada del amanecer en el cielo, aún velado por nubes pétreas. Se incorporó y se acercó al árbol seco, admirando su blanca y lisa superficie, y pudo entonces reconocer que era un albav, una especie muy longeva; un extraño en el páramo. Milenario testigo de olvidadas pesadillas. Quizá lo que ahora era el hosco páramo había sido entonces un vergel de frondosos bosques, poblados de pájaros cantores. O incluso una orgullosa ciudad de altas torres, llena de portentos, o un mar de verdes y tranquilas aguas. Tan sólo algunos fantasmas recordaban ahora esas leyendas perdidas; como silenciosos ecos de pasos de baile en derruidos salones, más livianos que una brisa. O como el resplandor fugaz de lujosos ornamentos en galeones hundidos, devorados por los corales del tiempo. Quizá el hombre había olvidado la historia de Phên, el dragón negro.

La labor de los Lunargenta era no olvidar.

El viento portaba una presencia inquietante que devolvió a Orcus al ahora; podía sentir a la Dama recorriendo el páramo con su pensamiento, buscando su rastro en cada roca, en cada brizna de hierba. Chillando preguntas mudas al páramo.

Recogió sus cosas y apagó el fuego con tierra. Luego, siguiendo el consejo del espíritu, se dirigió hacia el sur.

Llegaba ya el final de la tarde cuando el aire trajo un olor extraño; de fríos pasillos vacíos, de galimatías susurrados en la noche, de fiebres y delirios. El paisaje había adquirido el tinte parduzco del ocaso. El aire se volvió pesado y hediondo; apestaba a desesperación.

Sus ojos claros escudriñaron el páramo. Se dirigió a un pequeño montículo de piedras quebradas y allí aguardó largo tiempo, encogido tras ellas, parapetado del viento; oculto. Su capa gris hacía al extranjero indistinguible de las rocas.

Ellos no lo vieron al llegar, pero se detuvieron, intranquilos, junto a su escondite.

Olfateaban el aire como sabuesos de caza, y gimoteaban de forma incomprensible; cortos ladridos de protesta lanzados al viento. Portaban toscos machetes del mismo fierro que las cadenas que arrastraban, y hedían a muerte. A veces se quedaban quietos por largo tiempo, ausentes y sin vida, pero luego se estremecían y agitaban, castañeteando las mandíbulas y gimiendo, chirriantes. Entonces hundían sus garras en su propia carne infecta, escarbando en la sangre de viejas costras. Aullaban y gemían nerviosos al acercarse unos a otros, y con ojos vacíos se apiñaban y crispaban los músculos, torturados por un invisible e incesante castigo.

Eran los perros de la Dama del páramo.

El chamán, arrebujado en su maicassa y oculto en su escondrijo, susurraba silentes secretos al viento; enigmas irresolubles, historias tramposas, paradojas y laberintos absurdos. El aire, racheado y violento, parecía indeciso, e inconscientemente Orcus aferró su acero.

Atravesó el cielo una forma oscura, pues un busardo ratonero describió círculos a gran altura sobre ellos, ante la atenta mirada del cazador, para luego continuar indiferente su vuelo hacia el crepúsculo. Los engendros no parecieron advertirlo, pero sus gimoteos menguaron por unos momentos.


Tras una tensa espera, finalmente se alejaron, torpes y tambaleantes. Cuando desaparecieron de su vista, Orcus desperezó sus huesos entumecidos; esa noche marchó sin descanso a través del páramo. Caminó buscando el sur en la oscuridad, sin luna ni estrellas, mientras un cruel viento tronaba.


Un viento que había olvidado su nombre.




EL DRAGÓN NEGRO.


Sueña el dragón negro;

en un profundo mar subterráneo.


Duerme el dragón negro durante eones, y durante eones el dragón negro sueña, mecido por el eterno y cambiante rumor de un verde e insondable océano. Escucha el susurro de las profundidades de la tierra mientras contempla el lento viaje de las estrellas. Junto a él baila suavemente la luna, y sonríe al sentir la caricia de las nubes y la voz del sol.

El dragón enrosca letárgicamente su cuerpo, y suspira.

Muchas pequeñas criaturas están en su sueño, y sueñan con él. Pueblan el sueño del dragón con sus propios pequeños sueños, y eso maravilla al dragón.

Algunos de esos pequeños sueños son curiosos y alegres, pero otros hablan de miseria y de guerra; esto entristece al dragón. Se aparta de ellos, y escucha el lento crecimiento de las montañas y la música de los ríos; y el dulce canto de las arenas del infinito desierto. Pero no puede evitar seguir percibiendo el dolor en los sueños de las pequeñas voces. Y eso inquieta al dragón.


Se agita en sueños el dragón negro, como muchas otras veces, tiempo atrás. Sigue durmiendo, pero cada vez es más intranquilo su sueño, y cada vez más rápida su respiración. Aún en el sueño, el dragón recuerda la última vez que despertó; ¿cuánto tiempo había pasado desde entonces? Poco, siempre demasiado poco.


Profundamente suspira el dragón negro, y un negro humo surge de su morro. Vuelve a arrullarse en su sueño, en su verde océano de aguas furiosas. Tan placentero es su descanso; y sin embargo intuye que pronto despertará.

Y sueña el dragón que lucha contra el despertar; pero al tiempo esto le aburre, y por ese motivo sueña, a veces, con estar despierto.

Sueña el dragón negro que despierta y vuelve a sentir el sol en sus viejas alas; contempla la tierra humeante y oscura debajo de él, y en ella su sombra, aún más oscura. Y canta para ella hasta alcanzar los confines del mundo con la caricia de su oscuridad; hasta acallar y calmar todos los pequeños sueños intranquilos.

Y entonces vuelve a dormir, y a soñar, el dragón negro.

Entonces vuelve a soñar un infinito y tranquilo océano de verdes aguas, y no hay otro rumor que el murmullo de ese mar.


Y sueña el dragón negro;

en su profundo océano esmeralda.




…and the Night Mare rides on…


Smashing Pumpkins


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