Y Elric entró en la sombra y se encontró en un mundo de sombras. Se volvió, pero la sombra por la que había entrado ya había desaparecido, confundida con el resto de la oscuridad.


Michael Moorcock




LA ASESINA: BROM.


Una molesta llovizna, de agua sucia y ceniza, tiznaba la ya oscura piedra de las altas torres de aguja que brotaban por doquier. Merecerían nombrarse las numerosas zigurat donde los fanáticos llevaban a cabo crueles ritos, acompañados de los lastimeros gritos de los sacrificados; y también era notable la ciclópea Biblioteca, que dominaba con sus elevadas cúpulas toda la ciudad, muy por encima de los altos obeliscos de alabastro, las gárgolas de mármol viridián, o las broncíneas estatuas de titanes ciegos. Imposible es obviar los terribles chillidos que desgarraban el silencio de la noche, y los relámpagos acerados que, destellando sordos en el horizonte, permitían vislumbrar sombras nefastas cruzando los cielos como presagios de pesadilla. Pero verdaderamente inolvidables eran los cristales innumerables, que se hallaban omnipresentes por toda la ciudad: grandes ataúdes de cuarzo que albergaban lo que había sido un soldado, o una reina, o un niño; allá un mendigo aterrorizado, acá una cultista mostrando una última sonrisa cruel y desdentada.

Cuerpos fríos aprisionados en la vítrea roca.


Los llaman los Soñadores.


Y en aquellos cuyos párpados estaban abiertos en su último gesto entre los vivos, podían verse los ojos velados por una niebla que giraba lentamente, deslizándose como espesa melaza sobre un espejo. Incólumes los rostros ante el paso del tiempo, congelados e inmutables por toda la eternidad; y sin embargo, en cierta forma animados por ese falso signo de vida, como una burla más aterradora aún que el simple vacío del olvido. La ciudad estaba repleta de estos cristales, y aquí y allá se abigarraban caóticamente, formando a veces grandes montículos; o se apiñaban como flores abiertas que asomasen desde el reino de pesadilla donde germinaron.


La llaman la Ciudad de los Innumerables Cristales que Sueñan.


Neobe caminó una amplia avenida, flanqueada por edificios ruinosos envueltos en jirones de vapor y niebla. La luna, rota en pedazos, ocupaba gran parte del oscuro cielo verduzco; a lo lejos se oían profundos truenos, y un tenso chirrido de traqueteantes mecanomáquinas. Altos faroles torcidos iluminaban la calle con titilante luz de cobalto, y el aire olía a amoníaco. Divisaron los ojos cobrizos en la distancia las altas torres de la Biblioteca, y dirigió allí sus pasos. Los macabros cristales de cuarzo resplandecían como fantasmales zafiros, bañados en la etérea claridad de las lámparas de elbaíta. Una figura encorvada se cruzó con la asesina; un pequeño diablo de piel cenicienta que arrastraba apresuradamente un sucio saco, maldiciendo.

Un torcido ojo amarillo encontró a Neobe.

Que me lleve la tormenta si no es una asesina danzalunas quien arroja su sombra sobre este desdichado demonio, dijo el engendro gris. Maestra Noctámbula, cuánto tiempo desde la última vez que se oyó vuestra voz en este lugar maldito. Permitidme que me presente: soy Zapraz. Estrangulador, espía, chacharero; las más veces lacayo, y siempre abnegado recadero.

Algo se revolvió débilmente en el interior del fardo apoyado en el suelo. Zapraz le lanzó un puntapié, y tras un quejido lastimero el saco yació de nuevo inmóvil. El demonio mostró una cándida sonrisa llena de irregulares dientes serrados.

Más allá de la piel bubosa de Zapraz, Neobe vio el paso de una larga comitiva que desfilaba calle abajo; cultistas de negras túnicas, con el rostro oculto por largas capuchas. Arrastraban los pies tras un gran carnero de bronce, transportado en un carro del que tiraban trabajosamente varios hombres desnudos y sucios, llenos de escarificaciones y cicatrices. En los labios de muchos de ellos relucía el babeante tinte de un veneno cruel.

Te saludo, Zapraz, dijo la asesina, y señalando a los sectarios, preguntó al diablo. Dime, ¿quiénes son esos fervorosos?

Oh, no queráis saberlo. Son un grupo desagradable y bárbaro; dudo que os tratasen con la pompa que vuestra distinción exige. O peor aún: al contrario. Y más teniendo en cuenta que, si mis pobres ojos no me traicionan, en este momento sois una maestra de espadas sin espada alguna, respondió el escuerzo con una risita nerviosa.

Tal vez tú nunca has visto el corazón de un demonio, Zapraz, respondió Neobe tranquilamente, y el diablo se encogió, temeroso. Pero has de saber que es duro y afilado como negra obsidiana, y si te lo saco por la garganta me servirá bien como improvisado acero.

Muy gráfico e instructivo, mi señora. Disculpadme ahora; puedo imaginar que importantes asuntos os ocupan, y no es mi intención distraeros de vuestros deberes. El interior del fardo comenzó a moverse de nuevo, y de nuevo Zapraz le lanzó una coz. Y yo debo apresurarme con los míos: mi nuevo amo es según parece nervioso e indómito. Pero no me entendáis mal: son algunos rumores, maestra. Sabéis que el chisme es la piedra angular de esta ciudad.

¿Qué rumores?, quiso saber Neobe. Los procesionarios fueron poco a poco desapareciendo en la oscuridad, acompañados de cerca por el chirrido de las ruedas del carro, de madera revestida de escoria y astillas de hueso.

Se dice estos días que la Tejedora ya no goza del favor del Emperador. Poco he oído; no podría explicaros más aunque me animaseis a ello con vuestras valiosas lecciones de anatomía. En todo caso estoy seguro de que pronto vos conoceréis mucho más que yo de estos asuntos. El saco volvió a retorcerse y gemir levemente cuando Zapraz tiró de él para alejarse, y el diablillo sonrió a Neobe con ojos de azufre.

Os deseo suerte, Maestra, si acaso la suerte de un demonio no os incomoda.


Neobe la Noctámbula ascendió los peldaños de una gigantesca escalinata, vigilada por imponentes estatuas de mantícoras y quimeras, admirando el pórtico de alabastro tallado con escenas de pesadilla; sobre ella, se alzaba la enorme Biblioteca, una descomunal catedral de negra piedra. Sus torres se retorcían en una arquitectura imposible y recordaban cadavéricos dedos que buscasen arañar el cielo, y más alta que todas ellas reinaba la interminable torre del observatorio, con su centelleante cúpula de cristal, pendiendo hacia el cielo como una raíz invertida. Las gárgolas contemplaron a Neobe, burlonas y blasfemas, mientras penetraba en la vasta Biblioteca; sus pisadas resonaron mudas al cruzar un gran círculo metálico incrustado en el suelo de piedra de la espaciosa sala. En su superficie rezaban estilizadas runas.


Brom.


Clérigos y eruditos caminaban en silencio, inmersos en el enredo de sus profundos y oscuros pensamientos, y por todas partes podían verse salas con traductores o ilustradores trabajando en pesados textos. Al fondo, un sacerdote de enorme estatura custodiaba un escritorio junto al arco de la entrada al verdadero corazón de la Biblioteca. 

Neobe se dirigió a él, tras llamar su atención con un carraspeo formal.

-Busco un libro.

El sacerdote reposaba sus manos en un enorme volumen que descansaba sobre la mesa. Unas lentes redondas se balanceaban sobre su grotesca nariz; con gran parsimonia se despojó de ellas y volvió su mirada hacia Neobe. El archivista se erguía alto como uno de los pilares del vestíbulo, y tras él se hallaba un gigantesco laberinto de escaleras y pisos, atiborrado de estanterías con infinidad de libros, pergaminos, xilografías y papiros, teseras, cartas y minutarios.

-Identificación, por favor -resbalaron las palabras del sacerdote, cayendo a plomo por el aire y casi resonando al chocar contra el suelo de piedra.

-Danzagujas de la Tejedora.

-Ah -contestó, simplemente. Tomó de nuevo sus gafas y rebuscó entre los papeles del escritorio durante eones hasta encontrar uno, que alzó con determinación tras su hallazgo. Con el largo brazo alzado, el documento parecía desvanecerse entre las tinieblas del techo.

-Lamentablemente el acceso de la Tejedora a los servicios de la Biblioteca ha sido revocado, según mandato imperial emitido esta misma mañana.

Su voz era un paradigma de inexpresividad; Neobe se quedó desconcertada.

-¿No puedo acceder a la Biblioteca?

-Temo que no, señora.

-Eso es muy inconveniente. ¿Puedo solicitar algún permiso excepcional para tener acceso a un libro?

-Temo que no, señora.

La asesina resopló ostensiblemente y se acarició el mentón.

-Creo que hay un hombre en la entrada que le está llamando a usted- dijo Neobe. El sacerdote se inclinó sobre su escritorio como un pino combado por el furioso bóreas y escrutó la distancia.

-No veo a nadie, señora.

-Si se acerca usted a la entrada lo verá.

El bibliotecario inclinó su cabeza y sus quevedos se deslizaron lenta e inexorablemente por la prolongada pendiente nasal hacia la danzarrunas, hasta que el sacerdote la miró, desdeñoso, por encima de ellos.

-Temo que no, señora.

Neobe repiqueteó con uñas cromadas en el escritorio del sacerdote antes de alejarse. Apenas había completado el primer tranco y se giraba de nuevo hacia el archivista, rotando sobre los talones.

-¿Qué lee, si no es indiscreción?

Con luengo dedo y amplio hastío el bibliotecario remontó los anteojos, y dejó transcurrir toda una era antes de responder.

-Comentarios, del Archimaestro Germanicus Urtytalus.

Neobe asintió airada antes de salir a grandes pasos de la Biblioteca.

-Disfrute la lectura.

Brom, brom. Sus trancos resonaron en el gran sillar de bronce, y maldiciendo entre dientes descendió los marmóreos escalones.


El nombre de la Biblioteca es Brom.


Neobe hace una pausa para tomar aliento; el corrupto suelo de la ciudad se encuentra ya a muchos metros bajo el saliente en que descansa la asesina. Agita enérgicamente los brazos, advirtiéndoles de que pronto les exigirá nuevos esfuerzos; y continúa su escalada por la pared exterior de la Biblioteca. Gárgolas y ménsulas parecen contemplar impertérritas cómo arriesga la vida. Los dedos de la asesina sangran, pero se aferran a cada piedra como tenazas de herrero. Espantos alados sobrevuelan la ciudad, graznando desgarradas burlas, y centellas violáceas restallan por encima de ellos, mientras Neobe asciende pulgada a pulgada.

Una lluvia de cristales se precipita al vacío cuando la asesina destroza un vano y penetra en las torres de Brom.


Ahogados ruidos resuenan en los recodos del gigantesco laberinto de escaleras y pisos, atiborrado de estanterías con infinidad de libros, pergaminos, xilografías y papiros, teseras, cartas y minutarios.


Neobe extrae un largo y afilado puñal de hueso de la garganta de un ya moribundo sacerdote de la Biblioteca, abrazándolo mientras el infeliz se desploma; en vano tratan sus dedos de aprehender en su cuello la vida que escapa. Lo tumba en el frío suelo y acerca su rostro al suyo, susurrando, y el puñal se estremece y regocija.


Dime, bibliotecario; qué dicen los ojos de la Tejedora?

Borbotean las palabras desde la desgarrada garganta del monje, o quizá desde la afilada hoja de hueso

…una joven …de cabellos de fuego …sus manos cargadas de cristales rotos…

Qué más, Tejedora? Dónde está esa joven? Habla pronto; te alejas muy deprisa.

…en una casa de piedra, rodeada de bruma.

Dime su nombre.


Se detiene la sangre, y fluye el silencio.

La maestra de agujas considera; necesita más información. Y busca más bibliotecarios en las intrincadas y profundas
geometrías melofractales

del laberinto Brom,

mientras innumerables cristales sueñan

Brom!

El alto archivista alzó su nariz de rapaz desde las profundidades de los Comentarios del sabio Urtytalus cuando la asesina estampó con fuerza un voluminoso libro en su escritorio.

-Deseo devolver este libro.

El bibliotecario contempló la esbelta figura de Neobe alejándose resuelta y saliendo a largos trancos de la Biblioteca de Brom; acomodaba un largo puñal de hueso en una funda en su cintura. Luego el monje contempló la cubierta, manchada de sangre fresca, y leyó el título, de caracteres plateados reluciendo sobre piel negra.


Analecta;

fragmentos y recopilaciones

por Danzalunas

Casa de Urtytalus


Pero al abrir el libro, descubrió que no había en él páginas, mucho menos nada escrito. Sólo un hueco acomodo, con la forma del largo puñal de hueso que acompañaba ahora las caderas de la Noctámbula, y una moneda de plata.

La Noctámbula recorre las calles de Brom, repletas de brumas de amonio. Sus ligeros pasos, siempre tan sigilosos, resuenan pesadamente subiendo su eco por las paredes de una torre oscura, de largas escalinatas de azabache, cuando Neobe asciende y contempla la Ciudad de los Innumerables Cristales que Sueñan a través de vidrieras policrómicas. Lloviznas sucias de hollín se cuelan entre algunos ventanales rotos algunas veces. Una música imposible inunda el aire con desgarros metálicos de mecanomáquinas melodiosas, y luces de rubí y berilo deslumbran los ojos de cobre de la danzagujas. Neobe camina un amplio salón, muy alto sobre el suelo de Brom, entre forjados y gárgolas de hierro, con el puñal desnudo en la mano derecha.

Noctámbula.

Un demonio de oscura piel cobalto, alto y elegante, se gira hacia su invitada con alas de murciélago plegadas a su espalda. Viste unos lentes redondos y manipula una suerte de catalejos, escudriñando los cielos de la ciudad tras densos cristales de zafiro.

Busco una puerta, oráculo de Brom.

La guera ha acabado, Neobe Danzagujas. Las Puertas de la Telemaquia han caído, y la Tejedora ha perdido sus agujas. 

Busco una bruxa de cristal.

El oráculo sonríe, y Neobe la Noctámbula siente un escalofrío al entrever sus colmillos malkavianos. Ah, pero entonces son dos cosas las que buscas, o una?

Sabes dónde está la bruxa?

Preguntas a este oráculo si puede ver a tu bruxah. Más que eso, Noctámbula. Wir mussen wissen. Nuestro lema es: debemos saber. Sabremos. Pero todo conocimiento tiene un precio. Tu Tejedora ha sabido sostener casi eternamente el Antiguo Imperio. Pero cuando el hierro roe el hueso, el hueso roe el hierro.

Di tu precio, oráculo.

Tu presa tiene colmillos, danzagujas. Necesitarás derramar mucha sangre para atraerla. Con toda la pompa y la tradición del Antiguo Imperio. Toda una legión de leones deberás sacrificar, oro e incienso.

Qué más?

Neobe se acercó a uno de los telescopios, siguiendo la invitación del diablo, y pudo ver una escena capturada en fondo del cristal de roca; una bacanal de fuego y cuchillas donde ebrias devotas realizaban sacrificios para regocijo de tres abominables quimeras. Uno de ellos era enorme y anaranjado y lleno de bubas purulentas, con pequeños ojos amarillos, y flotaba sobre la congregación en el salón decorado de cadenas y fosos. Otro, de piel azulada como la del oráculo, tenía una amplia boca desdentada en lugar de cabeza, que surgía de un racimo de múltiples hombros y brazos. Y también había una niña de blanca piel y rizos platino, un querubín que jugueteaba con una larga cuchilla de plata. Ese es Arioch, duque de las Espadas. Quizá el más abyecto de los nobles de Brom.

Sé quién es. He trabajado para el duque Arioch.

La bruxa que buscas ha robado el corazón del duque. Él sueña con construir una hermosa jaula de hierro para ese pajarillo de dulce canto, y ha contratado los servicios de un ladrón de sueños para llevarla ante él. Su corazón pagará cualquier precio por ella, incluso a la Tejedora.

Será mi brújula.


La Noctámbula se alejó del teleóptico, hacia la balconada del observatorio de Dons, y hendió la noche con su puñal de hueso. Cabalgó un relámpago de luz cobalto hasta el palacio de Arioco, Archiduque de las Siete Tinieblas, y mató a tres de sus discípulas antes de llegar en una centella junto a los diablos que le acompañaban en la hasta entonces tranquila velada. Ni tan siquiera el archiduque pudo ver el movimiento del brazo de Neobe cuando degolló al orondo barón Amog Acio, y la danzagujas corrió entre columnas de osmio y rescoldos, súbita como una grieta en un cristal fino hasta saltar sobre Terna, líder de los traficantes de vapores ponzoñosos de Mortega. Los dos jefes criminales cayeron sin vida y el diablo Arioch corrió por la suya, y algunos sectarios también huían aterrorizados, pero la mayoría seguían en un extático sopor. Neobe derribó lámparas llameantes y los fuegos prendieron y se extendieron por altos cortinajes, y su mano izquierda atenazó la delicada garganta de la duquesa. Arioch gimió mientras las uñas metálicas de Neobe se abrían paso por su piel y su carne pálidas, haciendo brotar negra linfa. La demiurgo era presa de los dientes de acero de Pánico, hija de Muerte y Belleza. El duque Arioch enfrentó sus ojos sin luz a los ojos de cobre de la asesina, y contemplando su destino intentó negociar, desesperado. No llegaron a estrangularse sus palabras, pues Neobe hundió su puñal de hueso en su pecho y le arrancó su corazón de silmaril.

Neobe soltó a Arioco y contempló la piedra actorios, aterradora y bella. Una bruxa de cristal; sortilegio en el fondo del espejo. 

La prisión del sueño de la Tejedora.




Do you hear the thunder?

Raging in the sky,

premonition of a shattered world that’s gonna die


Black Sabbath




EL LADRÓN: ANALECTA DE LOKY URTYTALUS.


Salve sodales, 

Viernes de invierno. Me encuentro en el nodo al que llaman Heliopolis Ragabash, Hotel Romeo, Atalaya Horizonte Rompetormenta. Divertidos asuntos han dirigido mis pies a este encantador enclave de espuma marina y piedra antigua. Graciosa Fortuna me ha reunido con admirados parens en una excitante investigación. Comienzo una serie de misivas para las Analecta de Urtytalus, que confío os serán de curiosidad o provecho; lamento no tener ahora el tiempo necesario para ordenarlas y presentarlas adecuadamente. Os añoro, amigos

u r tytalus


Las 3 Leyes de Cygnus de Bonisagus:

I: Todo demonio es un obediente esclavo.

II: Su Nombre es cadena de hierro que conduce a su Amo.

III: El infierno es un pequeño rincón del Cielo; anhela ser salvado.


Extracto del diario de Sophie de Bonisagus: 

Aquí en Rompetormenta puede encontrarse el portal de Hermes conocido como la Boca de Urtytalus o Puerta de la Nada.  Este artefacto del Moderno Imperio Mîm (MÎM) es un constructo entrópico de femtomáquinas que produce el subalgoritmo Arch155, sustento de la celosía malkaviana de la Telemaquia.

Este Portal de Rompetormenta fue erigido por el Gran Urtytalus el Sabio hace milenios, como la mayoría de portales de Hermes que uno pueda encontrar hoy día. Sus caminos atraviesan las tempestades de metaéter; no desfallezcáis si os veis enredados en ellas. Están pobladas de danzantes espirales, espíritus malkavianos, lestrigones y cíclopes; demonios cojuelos, trasnos y diaños; viajeros lunargentas, navegantes, carontes y galernas; bañan las costas del Mar sin Sol y rompen rugientes en quintaesencia al pie de la atalaya de Heliopolis Ragabash, bajo la luminosa celosía  tras la que escribo.


Los postulados de Dani California de la Casa Prince Rogers Nelson Anteriormente Conocida Como Toreador:

Cuatro, todo demonio buscará el refugio de tu sombra;

cinco, tu beso es para ellos un relámpago;

seis, nada nuevo puede decirte un condenado.

Siete, un ladrón de sueños nunca miente: ocho. Hay por ahí (dicen, yo no sé nada), muchos Tytalus vagabundos, hallando caminos perdidos; azotando infernales culos; rascando peones aquí y allá, donde se presenta. Gocen de mi simpatía. Sirvan de ayuda estos escritos en sus trabajos y ardides. No sólo en la noche se muestra la luna.

Nueve; y me sumerjo ahora en la tempestad surcada por navegantes y carontes; donde se alzan en ruinas los ciclópeos artefactos de la telemaquia, y resplandecen las altas torres de quintaesencia. Vibraciones malkavianas sacuden la celosía de la gran tejedora, y el dragón se agita en su profundo sueño esmeralda.

Diez. Seguid sólo a la libertad.

Abajo la reina roja.




El Perdón del Ladrón, Rego Creo Vim m.VI, foco; una moneda falsa.

“Este hechizo encanta un objeto, que tendrá tendencia a ser robado, perdido y encontrado una y otra vez por las personas más inverosímiles pero más adecuadas, hasta acabar exactamente allí donde el encantador desea, y en el momento preciso.”


urtytalus




EL EXTRANJERO: ACERTIJOS.


La aurora del páramo desplegaba por el cielo un deslustrado velo de plata. Ante Orcus se extendía una tierra cenagosa en la que el viento del norte perdía parte de su combativa furia. Entre fango y arenisca surgían, aquí y allá, los retorcidos esqueletos de lo que fuera un antiguo bosque; blancos troncos secos, ramas sin hojas. Los pies de Orcus se hundían en el suelo, en la tierra húmeda. Y en ella encontró huellas; huellas de otros cazadores. Huellas de pies arrastrándose y maldiciendo; y algo más.

El cazador de los Lunargenta vio que en la rama de un árbol cercano un águila observaba con interés. Orcus se detuvo entonces y comenzó a preparar con parsimonia una pipa. Ocasionalmente, el viento agitaba las remeras del ave; alborotando penachos aquí y allá.

Uno de los más famosos y antiguos acertijos de mi pueblo es el que llaman la historia de los tres cazadores; un hombre, un águila y una serpiente

Mientras hablaba, Orcus usó la capa para proteger su chisquero de la brisa.

El hombre es un arquero que vigila al águila con el arco y la flecha dispuestos; el águila ha visto a la serpiente moverse entre las rocas y no desea otra cosa que convertirla en su almuerzo, y la serpiente busca ratones entre las piedras. ¿Quieres oír esta historia? Creo que te gustará.

Ladeó la cabeza ligeramente el busardo, contemplando a Orcus desde un ángulo ligeramente distinto, y no respondió.

El águila se dispone a caer sobre la serpiente y atraparla, mientras el cazador tensa su arco y apunta al corazón de la rapaz con una flecha negra. Pero entre sus pies se desliza la venenosa serpiente, intentando escabullirse entre las piedras. Si el hombre es más rápido que las bestias y dispara su flecha, el águila morirá; pero la serpiente al verse libre de su amenaza lo atacará, y él perecerá antes de poder celebrar su acierto: sólo la serpiente sobrevivirá al encuentro.

Ahora bien, si el águila se apresura y da muerte a la sierpe primero, entonces nada impedirá que después el cazador coloque una flecha en el centro de su emplumado pecho, al no haber víbora que se lo impida. Por otro lado, si es la serpiente la que toma la delantera y liquida al cazador con su veneno, entonces libres serán las garras del águila para poner fin al sinuoso camino del reptil.

La rapaz parpadeó al tiempo que el cuentacuentos exhalaba una gran nube de humo azul, que envolvió su figura como una capa de niebla.

¿Conoces la respuesta al acertijo?

El busardo, impertérrito, callaba. Los cazadores permanecieron largo tiempo en silencio, escuchando el gregal. Orcus canturreaba en voz baja, dando largas chupadas a la pipa. Cantó el licaón.

Un aullido resonó por el inabarcable páramo; y era una voz de guerra.

Al oír la canción del lobo el ratonero agitó la emplumada cabeza y alzó el vuelo; voló contra la cizalladura durante unos minutos, pero luego viró con ella y se dejó llevar hasta que finalmente se perdió en lontananza, y los grises nimbos se iluminaban ya débilmente con el nuevo día.

El cuentacuentos limpió la pipa meticulosamente, pensando.

Lo cierto es que no lo recuerdo; era paciencia, o persistencia?, dijo Orcus, y sumido en esas cavilaciones caminó a través del fango. Siguió el rastro de pisadas, que bailaba en el cenagal describiendo las tácticas de caza de los lobos. Varias veces se admiró Orcus de su pericia. Distinguió dos líderes audaces. Muchos soldados, y aún más estaban bien ocultos; ni Orcus sabría cuántos.

Un nuevo aullido surcó el viento, luego otro, y otro más, mientras la mañana avanzaba, y Orcus avanzaba entre el lodo, lentamente, hundiendo la roja vara en la tierra, cargando con su macuto, cruzando las ciénagas del páramo.

Recorrió penosamente ese terreno traicionero, y sus pies se hundían casi hasta la rodilla en algunos tramos, pero tras varias horas de marcha el suelo comenzó a ser más firme y seco. El cazador se detuvo para tomar aliento. Apoyado en su vara bermeja, contempló a lo lejos al menos una docena de agazapadas sombras que correteaban por el páramo.

Los lobos.

Estaban a favor del viento, de modo que eran muy conscientes de su presencia. Habrían detectado su olor hacía ya muchas leguas; sin embargo, ahora ignoraban al cuentacuentos. Ya habían cazado otra cosa.

El líder, un gran macho gris, vigilaba a Orcus desde la distancia; tenía el morro aún manchado de negra sangre, pues la manada se había dado un gran banquete. La bestia olfateó el aire y emitió algunos potentes gruñidos; muestras de fuerza, más que amenazas. La manada estaba saciada. Olvidando al cazador, amonestó brevemente a dos jóvenes que reñían entre sí, y luego todos desaparecieron tras una pequeña loma.

La muerte es un cazador muy paciente.

Orcus siguió las huellas de los cánidos hasta los restos de su festín. Huesos habían crujido entre férreas mandíbulas. Una rapaz conocida descendió de las alturas y con cautelosos brincos se acercó a los despojos, esperando su ocasión para disfrutar las sobras. Cuidándose de no caer en posibles trampas, picoteó furtiva y robó un hueso, pintado de rojo rubí.

El cazador no necesitó acercarse para saber que las víctimas eran un pequeño grupo de siervos de la Dama. Las desgraciadas criaturas ahora sabían que el mayor peligro del páramo es el propio páramo.

La brisa arreció, y Orcus continuó su camino entre oscuros pensamientos. Agua y comida escaseaban. Los siervos de la Dama continuarían su caza y seguirían buscando; el viento les llevaba hasta él. Incluso los lobos pronto sentirían el aguijón del hambre; hambre de carne, de sangre, de muerte. Y el viento frío y seco bramaba, acallando cualquier voz, y finalmente también a ellos los enloquecería.

Los lobos descansarían esta noche, pero la Dama no descansaba jamás.

Pero Orcus aún no pertenecía a la piedra. El dragón negro aún no oscurecía el cielo. Y el cuentacuentos, el cazador Lunargenta, paso a paso, cruzaba el páramo.

Llegada la tarde, sus pies dieron con una olvidada carretera, una ancha pista de tierra que en algún tiempo lejano había contemplado el paso de grandes artefactos de guerra y valientes héroes, aún animosos en las canciones. Agradeció el terreno firme, y la siguió durante varias leguas. El cayado resonaba en los sillares de la calzada mientras ésta subía y bajaba. Y surgieron cerros y riscos, y poco a poco el cielo encapotado se oscureció.

Orcus preparó una fogata junto al camino y sacó de su hatillo algunos trozos de carne seca. Cenó, y esa noche durmió confiado; no interrumpió su sueño una serpiente que ondulante se deslizó junto a su pierna en mitad de la noche, con la luz de la fogata centelleando en sus ojos de oro y sus plateadas escamas.


Y mientras el reptil serpenteaba por la árida tierra del páramo y se adentraba en las sombras, el cazador seguía soñando, y la leña aún ardía; brillando en la Inmensidad del páramo como un solitario astro en el negro manto de la noche.




Audentis Fortuna iuvat…

Virgilio




LA ASESINA: ROCA+BRUMA.


Dos mujeres cruzaron sus miradas por un instante. No fue el capricho el responsable de acercarlas a esa ciudad moribunda, y tampoco fue la fortuna quien se preocupó por entretejer sus caminos en tan fatídica noche; esto sería ahora largo de contar. Pero el hecho de que sus ojos se encontraran en el momento concreto en que lo hicieron, sí fue totalmente fortuito. Y curiosamente, en ese preciso instante sus corazones latieron al unísono.

Una de ellas no pudo evitar alzar una ceja con desdén al encontrarse con los ojos cobrizos que la observaban. Se sabía perseguida, y estaba asustada, como si cada parte de su ser fuese consciente de que un movimiento en falso supondría el fin de su existencia.

Sin embargo, no dejó que el miedo la dominase; pues sabía que valiente es, no quien no conoce el miedo, sino quien conociéndolo lo gobierna. Desvió la mirada y concentró su atención en los grandes monolitos que formaban la puerta, adonde se dirigió a la carrera, atravesando la bruma que flotaba en la plaza.

Esto pareció poner en movimiento a la otra mujer, hasta entonces acercándose cautelosamente, como un gato callejero acechando a su presa. Pero fue una veloz flecha negra cuando abandonó las sombras en las que se ocultaba y salió corriendo tras ella. Vestía un coleto de cuero y una capa oscura; que se agitó cuando desenfundó un cuchillo hasta entonces oculto en la espalda. Sus ojos atezados parpadearon cuando penetró en la plaza y los acarició la plateada luz de las lámparas. Mientras corría, alzó el cuchillo y lo arrojó con un movimiento preciso y letal, con una maestría que sólo una asesina de las conocidas como bailarrunas podría poseer. Apenas el arma había abandonado su mano derecha y ya la izquierda buscaba una segunda daga enfundada en el costado, mientras su vista seguía el vuelo del cuchillo.

Atravesó la plaza cortando la niebla, sediento de muerte.


Rocadebruma había sido un puerto imponente, la joya de la costa meridional de Unna. En sus muelles podían escucharse todos los acentos del mundo. Allí se afanaban los esclavos sureños en cargar mercancías en los elegantes bajeles de velas de plata de Agarash, la de los mil y un palacios, y hacían negocio los colosales buques de las Islas de las Torres Púrpura. Los marineros de Rompetormenta buscaban pelea en cada esquina, riñendo entre sí cuando no la encontraban con otros, y los comerciantes de Mogmar y Jorodh buscaban en los mercados las más excepcionales y costosas telas, joyas y artesanías del Este. Regía la ciudad un consejo de notables, y aunque siempre había sido un próspero enclave comercial, su bonanza se hizo aún mayor tras la batalla de Nubla. En las perpetuas nieblas de su bahía se aglomeraban los barcos mercantes, y nunca era fácil encontrar cama libre en sus posadas y fondas.

Ahora la ciudad ardía, como ardían las naves que no habían escapado a tiempo del puerto, y los salvajes esteños saqueaban los almacenes y los hogares, y la única ley que imperaba era la del frío hierro. Ardían casas y palacios y el humo se mezclaba con la bruma, poblada de gritos y de súplicas; ignoradas primero, silenciadas después. La mayoría de los venerables dirigentes de la ciudad había huido días atrás, y los que no lo hicieron entonces yacían ahora sin vida en los quebrados escalones del ágora.

También mucha población había abandonado la ciudad antes de la llegada del ejército de Ceniza, formando una larga caravana camino a Jorodh. Pero parte de la horda había ignorado la ciudad y sus tesoros y perseguía a los exiliados para darles un destino cruel, ya que el único precepto que Ceniza imponía a los suyos durante los saqueos era no mostrar piedad alguna.

Con Rocadebruma comenzaba la destrucción del oeste del continente de Unna, pues de las ciudades del este ya sólo quedaban escombros humeantes y huérfanos abandonados a los perros, y lastimeros fantasmas que rondaban tumbas sin nombre. 

En la parte alta de la ciudad, ocupando un risco sobre el mar, se alzaba la plaza. Era el vestigio de una ciudad aún más importante y más antigua, sobre cuyas ruinas se había construido la otrora hermosa Rocadebruma. La plaza estaba rodeada de templos y santuarios, pues las gentes sentían que era un lugar ancestral y sagrado, y celebraban en ella festejos y espectáculos; pero ahora estaba en silencio, rodeada por la desolación y el fuego. El suelo era de piedra gris, una piedra con infinidad de pequeños cristales de cuarzo incrustados que centelleaban bajo la luz de dieciséis grandes lámparas de luz de plata, cada una instalada en un alto monolito; rodeaban en un gran círculo la plaza, y en el centro de ese círculo se alzaban dos pilares gemelos.

Allí se dirigía Elan Bonisagus, pues sabía que era su única posibilidad de escapar de la asesina. Pero detuvo su carrera.


Elan se paró en seco y cerró sus ojos de ámbar, tomando aire. Y al abrirlos, gritó una palabra. Pero cuando gritó no fue sonido lo que percibió la asesina, no fue una voz la que atravesó la niebla de la plaza; fue un peso sobrecogedor, como si un agitado océano la envolviese de pronto. Y el golpe de la magia era como una ola que partía desde Elan y lo bañaba todo, penetrando profundamente en todas las cosas.

Los mismos cimientos de la realidad vibraron y se estremecieron.

El cuchillo se detuvo en el aire, sostenido por esa palabra durante un instante. Luego, inerte, cayó al suelo, y entre los pilares gemelos brotó de la nada un portal resplandeciente que ondulaba como un vestido de seda, brillante como si hubiese sido tejido con delicadas hebras de luz plateada que flotaban en el aire.

Neobe, la asesina, no permitió que el asombro la detuviese. Su mano izquierda dibujó un arco en el aire lanzando el segundo cuchillo, que cruzó la plaza en dirección a la Bonisagus. Pero Elan cruzó el portal plateado y se desvaneció, y el portal con ella, y el cuchillo atravesó la bruma entre los pilares y cayó, resonando, en el suelo de piedra en el otro extremo de la plaza.

La Noctámbula se quedó inmóvil unos instantes en el silencio de la noche, presa de la frustración. La magia no era desconocida para ella, pero lo que acababa de presenciar era algo aún más extraordinario. Pronto recobró la compostura, y con los ecos de la guerra la invadió la urgencia de abandonar el lugar. Mientras recogía su cuchillo, advirtió que no estaba sola. Junto a uno de los monolitos, iluminado por la luz argéntea, había un hombre observando; parecía joven, aunque en su recortada barba mostraba algún mechón cano.

Vestía una casaca militar sencilla pero finamente confeccionada, a la moda de la época, y portaba un bastón ornamentado. La saludó levemente, inclinando la cabeza y alzando jovialmente el bastón. La Noctámbula caminó hacia él lentamente a través de la niebla, estudiando su figura.

Parece que has perdido a tu presa, dijo Luth.

Neobe no respondió al acercarse a él con amenazadora tranquilidad, acariciando con las yemas de los dedos un largo puñal que llevaba al cinto, dispuesta para poner fin a una vida. El hombre advirtió el gesto y señaló la daga.

Muéstrame ese puñal de hueso.

La voz del hombre tenía un tenía una extraña fuerza, y su petición fue a la vez amable e imperiosa; la asesina, para su propia sorpresa, desenfundó el puñal y lo mostró sin ser del todo consciente de lo que hacía. Su hoja, blanca y larga, se curvaba ligeramente. Cuero negro cubría una empuñadura del mismo hueso que la hoja. El ladrón de sueños carraspeó impresionado al verlo.

-Hueso de dragón; corta el acero tan fácilmente como un cuervo atravesaría esta niebla -dijo admirando el arma con un brillo en los verdes ojos. Bruscamente Neobe volvió en sí y regresó el puñal a su funda, dejando la mano cautelosamente apoyada en él. Luth rebuscó en su chaqueta, sacó un medallón plateado de uno de sus bolsillos, de cadena también de plata, y lo consultó con indiferencia.

-Por qué no la sigues por el portal? -preguntó Luth. La mirada de Neobe relampagueó, enfurecida, y la larga trenza morena se balanceó inquieta.

-¿Qué quieres? -refunfuñó la asesina, soltando la empuñadura de la daga y cruzando los brazos. Encogió los hombros el oráculo, con las manos en los bolsillos.

-Nada. No pretendo molestarte. Tan sólo tenía que estar aquí: esta noche terminan muchas cosas, y muchas otras comienzan -dijo con teatral melancolía.

Un estruendo lejano hizo que ambos volvieran la cabeza hacia la bahía; el alto faro que dominaba el puerto se derrumbaba, víctima del fuego. La tierra tembló con su caída. El cielo nocturno estaba teñido por una luz sucia, pues sobre la bruma se alzaba un humo iluminado por las llamas de la guerra.

-Matarán a todo el que encuentren, y no dejarán piedra sobre piedra. Esta ciudad desaparecerá, y su nombre y el de sus habitantes harán del olvido su nuevo hogar; cenizas, nada más- dijo Luth.

-¿Adónde ha ido la chica?- preguntó bruscamente la asesina. Luth se giró entonces y dirigió a la asesina una mirada torva.

-Es imposible saberlo.

-¿Qué más, oráculo?

-Nada; salvo quizá una pregunta; mera curiosidad. Cómo te sientes al dar muerte a un completo desconocido?

Neobe puso los ojos en blanco.

-Hago mi trabajo. ¿O prefieres que te diga que soy un autómata sin sentimientos?

El oráculo negó con la cabeza mientras respondía.

-Creo que es una especie de amor. Sinceramente, creo que amas toda esta locura.

La asesina rió con una voz clara y fuerte, una risa sin dudas; una risa que era sólo ahora, absoluto e inmediato presente.

-¡Te burlas de mí! ¿Quién diablo eres?

-Sólo un ladrón.

Neobe lo miró fijamente con sus óbolos de brillante cobre y se abalanzó sobre él, juntando sus caderas. El bastón cayó al suelo. Mientras le besaba, susurró en su oído.

-No prometo no hacerte daño, ladrón.

-Cállate; es el fin del mundo.


La asesina alzó el rostro al comenzar a sentir una fina llovizna. La lluvía olía a humo, y la plateada luz de la plaza comenzó a adquirir un matiz amarillento. Por un instante cerró los ojos y dejó que la lluvia refrescase su rostro. El ladrón de sueños no rompió el silencio.

-Me voy; deberías hacer lo mismo. Será muy difícil esquivar a las patrullas: la horda bloquea todos los caminos -dijo la Noctámbula encogiéndose de hombros.

-Estaré bien; pero gracias por el consejo.

La asesina estudió a Luth un momento con sus ojos cobrizos.

-Presiento que un día te mataré -dijo; y hablaba completamente en serio. Luth alzó las cejas, estupefacto. Sin añadir más, Neobe abandonó la plaza con rápidos pasos, internándose en las sombras. El oráculo la siguió con la mirada; luego se volvió hacia la puerta, meditabundo.


Neobe atravesó las calles hasta que llegó junto a un templo en ruinas. Escudriñó los alrededores; podían oírse gritos de lucha muy cerca de allí. Recogió un fardo de un escondrijo y se lo echó sobre el hombro antes de dirigirse hacia las murallas.

En su camino se topó con dos bárbaros que salían de una casa en llamas. Uno de ellos aún portaba la tea ardiente con la que había incendiado el hogar; cayó gorgoteando con un cuchillo atravesando su garganta antes de que el otro viese a la danzagujas y alzase contra ella su espada. Neobe se acercó a él deslizándose como una ráfaga de viento y aferrando el brazo de la espada del bárbaro antes de que éste descargase el golpe, le atravesó el corazón con el puñal de hueso. Por el rabillo del ojo pudo ver los desnudos pies de una figura que yacía sin vida en el interior de la casa. No necesitó entrar para saber lo que había ocurrido.

Neobe apartó de sí el cuerpo del saqueador mientras se desplomaba y abandonó la calle inmediatamente. Llegó junto a una parte de la muralla de la ciudad aún lejos de la atención de la horda, y trepó con facilidad hasta lo alto. Llegaban a ella los gritos de la matanza y el hedor del humo, la sangre y la carne muerta. Los bárbaros de Ceniza se preocupaban poco por el oro o las joyas. No era ese el botín que buscaban obtener del pillaje; sólo anhelaban destrucción y masacre.

La asesina descendió las murallas y se internó en la noche. Caminó durante un rato hasta encontrar una patrulla de tres bárbaros que hacían guardia en el camino; sus caballos descansaban atados cerca de ellos. Neobe pudo usar la cerbatana para matar a uno con una aguja envenenada antes de que los otros dos advirtiesen el peligro. La danzarrunas cayó sobre ellos como una súbita tormenta; un cuchillo arrojadizo perforó el pulmón de un fornido salvaje, aunque pudo hacer acopio de fuerzas y empuñar su alfanje. Su compañero tuvo aún peor fortuna: intentó desembarazarse de la asesina, pero Neobe movió sus manos como un torbellino y le hizo varios cortes rápidos en la cara y los brazos, cegándolo, antes de apuñalarlo profundamente en el estómago con el puñal de hueso; luego, acalló sus gritos con la daga de la otra mano.

El bárbaro herido se alzó tras ella, alto como una montaña, pero Neobe se hizo a un lado y esquivó el golpe descendente; en el costado del salvaje aún sobresalía el cuchillo con el que le había herido. Neobe le lanzó un tajo con el puñal, y el bárbaro demostró rápidos reflejos cuando interpuso su espada para desviar el golpe. Pero el puñal de hueso atravesó la hoja cortando el metal con un agudo silbido, y la sangre brotó oscura cuando el arma se enterró en el pecho del esteño. Observaba su filo cercenado con ojos desorbitados cuando la asesina trazó un largo arco con su daga que lo degolló. Neobe miró a lo alto, al cielo oscuro de la noche, apartándose del cuerpo de su enemigo mientras se desplomaba a sus pies. Una luna gibosa le devolvió la mirada, teñida de sangre.


Neobe la Asesina, la Bailarrunas, la Noctámbula, se permitió tan solo un parpadeo para retomar el aliento; y mientras el esteño se ahogaba en su propia sangre, sus manos intentando inútilmente aferrar la vida que lo abandonaba, montó y galopó a través de la neblina, alejándose de las ruinas en llamas que antaño habían sido el hermoso puerto de Rocadebruma.

Y en el cielo, la luna gibosa tremolaba y desaparecía, arropada por los jirones de humo de la rapiña.




…There must be some kind of way outta here,

Said the joker to the thief…


Jimi Hendrix




EL LADRÓN: CENIZA.


En la malograda Rocadebruma, dos sombras se proyectaron en la plaza bañada de luz argéntea. Luth vio que vestían cuero del color de la arena y en sus rostros y manos tatuadas llevaban el fruto de la conquista; la oscura y roja sangre. Se aproximaron con paso lento y cauteloso, en silencio, confiados pero con las armas preparadas; una lanza de ancha hoja uno de ellos, un largo rifle del desierto el otro.

Fue Luth quien primero se dirigió a los esteños.

-Os saludo, Criamon. -Los hombres mantuvieron la distancia, preparados para cualquier amenaza.

-Eres el oráculo -afirmó el más alto. Tenía la cabeza afeitada y tatuajes como la sombra de unas manos cubriendo su rostro. Luth asintió.

Habló ahora el más bajo, de fuertes hombros y barba rizada. Una oscura luna menguante cruzaba su piel café desde la frente hasta el pómulo.

-Entonces eres nuestro invitado. Acompáñanos; Ceniza ya espera.


Luth siguió a los guerreros hasta el anfiteatro de Rocabruma, donde en tantas noches de verano los actores habían representado las tragedias clásicas bajo la luz de grandes lámparas de aceite; noches que pertenecían ya al olvido.

Un hombre descansaba sentado entre las gradas, su cuerpo semidesnudo también mostraba dibujos oscuros. Un grupo de bárbaros recibió a su prisionero; iban a registrar a Luth, pero el de la media luna los detuvo.

-El oráculo es un invitado de honor. Puede llevar sus armas si lo desea.

Luth ascendió los peldaños del anfiteatro hacia Ceniza, y en verdad chispas y ascuas flotaban en el aire de cenizas, pues el incendio de la ciudad se colaba descendiendo la grada y en grandes calderos de bronce ardían maderas aromáticas y miembros humanos. Y así, aunque el fuego iluminaba, todo era sombra en penumbra pues el aire estaba tiznado y sucio.


Parecía mirar hacia el escenario del teatro, contemplando una representación invisible. Pero Ceniza era ciego. Sus ojos eran ahora sólo dos vacías cuencas con la marca de dolorosos fuegos. Alzó un fuerte brazo cuando Luth se acercó, sintiendo su presencia.


El ladrón de sueños.


El señor de la guerra de los Criamon era un hombre joven, aunque sus facciones duras tenían las arrugas de muchos viajes y muchas tribulaciones. Su mano derecha seguía ligeramente alzada, marcada con runas secretas, aguardando confiada; preparada para atrapar un momento fugaz.

De dónde vienes, oráculo.

De Pikaray.

Dime qué has visto. Pues soy ciego y jamás podré verlo con ojos humanos.

He visto Pikaray en llamas.

Un grito de júbilo se contuvo convertido en un fervoroso murmullo entre los pocos Criamon allí reunidos; más Ceniza permaneció impasible.

-¿Las legiones modernas? -preguntó una mujer con voz ahogada. Su elaborado tocado y sus tatuajes eran propios de una sacerdotisa y vidente Criamon. Otras voces se oyeron, también demandando certeza.

Caos y fuego.

Varias voces clamaron.

¡El sueño que fue robado!

El oráculo lo ha confirmado.

Ha visto el final de nuestro viaje.

El caudillo cerró lentamente su alzado puño, pensativo.

Portas esperadas noticias, filósofo. Cuál es tu nombre?

Luth.

A mí me llaman Ceniza, pues soy cuanto queda tras el fuego.

¿Por qué te siguen?

En la antigua lengua de mi tribu, Criamon significa esclavo. Y yo soy el menos libre de todos los hombres; el esclavo de los esclavos. Soy sólo una herramienta.

¿Cómo es que me esperabas?

Compartimos un sueño, dijo Ceniza, y sonrió. Su mano alzada se abrió y mostró a Luth una moneda de plata; luego la lanzó hacia Luth, quien la atrapó al vuelo. El caudillo continuó.

Tú lo has visto en tus viajes, oráculo; la ciudad imperial de Pikaray pasto de las llamas, reducida a escombros, devorada por la guerra. El Moderno Imperio es sólo una ilusión. Apenas la huella de una gota en el océano, castigada por el sol. Ese es el camino de los Criamon, la única razón de su existencia; y es un camino de fuego. Yo no soy la muerte ni el destino; soy el camino que conduce a ellos.

Pero es dolor y pérdida.

Es el único camino posible.

Tal vez lo recorres en el sentido equivocado.

Ceniza rió.

Si así fuese, no volveríamos a encontrarnos. Pero hablaremos de nuevo, ladrón de sueños. Iluminados por el fuego; a nuestros pies derrumbadas las imponentes murallas de la que llamaron la Ciudad que Danza. Cenizas.

Ceniza se puso en pie frente a Luth, enfocándolo con sus ojos huecos.

Lanza la moneda al aire, oráculo.

Luth arrojó la plata, que giró sobre ellos; Ceniza bajó ligeramente la cabeza, escuchando. Alzó la mano y atrapó en el aire la moneda que caía. Luego le dio vueltas entre sus dedos, apreciando el tacto metálico.

Puedo oírlo; el sonido infinitas veces repetido de esta moneda al chocar contra la piedra de las gradas de este anfiteatro, mientras un ciego tantea el aire vacío con la mano estúpidamente extendida. Puedo recordar todos y cada uno de esos momentos. 

Luth se estremeció.

La plata brillaba entre los dedos de Ceniza.

Pero no necesito recordar Pikaray; lo tengo siempre ante mí.

Los Criamon acudieron a un gesto de su caudillo; Ceniza señaló a Luth.

Encerradlo.




Soy el más grande guerrero de todos los tiempos


Madmartigan




EL EXTRANJERO: ENCRUCIJADA:


En la mañana, Orcus llegó a un olvidado cruce de caminos. Y en él se alzaban tres grandes postes, de los que colgaban otras tantas jaulas de fierro. Una de ellas estaba vacía, y otra contenía ya sólo huesos: los restos de algún desdichado. Pero en la tercera había un hombre. Sentado tras barrotes herrumbrosos contemplaba al cazador acercarse, envuelto en su gruesa piel gris y ayudándose del báculo bermejo. Y el preso vestía una gastada casaca militar, tenía el pelo pardo enmarañado y la mirada febril. Orcus se acercó a la jaula y lo contempló con atención, y verdes ojos cansados y enrojecidos en un rostro aún joven le sostuvieron la mirada en silencio.

No estás muerto, dijo el cazador de los ojos grises.

Sólo dormía, respondió el de ojos glaucos. Orcus hurgó el suelo con el pie, levantando polvo. Somos todos durmientes, a ojos del sueño. El suelo de la jaula colgaba a la altura de su cabeza, y se balanceaba lentamente, haciendo chirriar la gruesa cadena oxidada que la sostenía.

Parece que te hayan dejado aquí para los cuervos.

Creo que a los cuervos no les gustan las jaulas, respondió el reo; pues conocía el antiguo juego de los acertijos.

Qué tal es tu vecino? dijo Orcus, señalando al esqueleto de la jaula vecina.

Muy tranquilo, pero se enfada mucho cuando le gano jugando a las cartas.

Acaso haces trampas?

Claro; soy el mayor ladrón de todos los tiempos.

Qué has robado?

Poca cosa; un par de golpes de suerte y algunos corazones.

Roba entonces este viento sin nombre, y por favor llévalo lejos, maestro ladrón.

El condenado sonrió y mostró una baraja. Indicó al cazador que cogiese una carta, y él así lo hizo. Orcus miró la estampa; una tormenta se desataba en la mar arbolada, y pequeña y frágil una nave cruzaba afanosa entre olas como montañas.

La Tempestad. Quédatela, y que te traiga suerte en tus viajes.

Es hermoso, y lo hermoso es valioso, maestro. Cuál es tu nombre?

Me llamo Luth.

Yo me llamo Orcus Luna Argéntea. Mi agradecido regalo para tí es este odre con agua. Lo lamento, pero no tengo mucho.

La sorpresa irrumpió en el gesto del prisionero, que no pudo evitar pasar la lengua por sus secos labios al pensar en el agua fresca. El cazador mostró el pellejo de agua y, tras darle un trago para mostrar que su contenido era inofensivo, lo acercó a los barrotes de la gayola. Luth se abalanzó para alcanzar el odre y la jaula gimió, agitando sus chirriantes cadenas. Bebió con avidez, atragantándose y tosiendo.

-Ni siquiera a los tramposos hay que negarles un poco de agua -bromeó Orcus mientras contemplaba a la presa beber. El condenado se detuvo entonces, expectante.

-Gracias, noble Orcus. Pero mi mayor sed es de libertad -inquirió. El cazador se mesó la barba.

-Seré sincero: todos los caminos son peligrosos a través del páramo, pero el mío es el peor de todos, maestro Luth; soy un perseguido. Si te dejo aquí, morirás. Si te libero o te llevo conmigo, quebrantaré la ley y morirás. Lo lamento, pero tu libertad no está a mi alcance; no debo quebrantar las leyes de los hombres. Sin embargo, cuentas con mi simpatía. Quédate el odre, y que te asistan la justicia y la fuerza, maestro.

Una sombra cubrió el rostro del condenado, quien apretó los dientes de impotencia, pero recuperó el aplomo. Orcus sonrió, guiñó un ojo, oteó el horizonte y se dispuso a continuar sus pasos en las tierras del páramo.

-Que el sol ilumine tu camino y el viento te traiga palabras amables, viajero. Gracias por compartir conmigo tu agua -dijo Luth solemnemente. Como respuesta, Orcus levantó la mano sin volverse mientras abandonaba la carretera y se dirigía hacia el sur.

Luth vio cómo Orcus se alejaba a través del páramo, convirtiéndose poco a poco en una pequeña figura oscura. Jugueteaba con el odre.

¿Eso era todo? Tan sólo un viejo pellejo con unas gotas de agua.

Entonces sus dedos sintieron el frío tacto de un refuerzo metálico en el cuero; era una pieza alargada y fina, como una pequeña varilla. Contuvo el aliento mientras la arrancaba con sus dedos sucios y, soltando el odre, la contempló de cerca unos instantes. Luego, mientras sus manos temblaban, saboreó el momento.

Una ganzúa.


No pudo reprimir una carcajada nerviosa. Luth imaginó la improvisada herramienta deslizándose de sus temblorosas manos, cayendo al suelo a través de un agujero entre los herrumbrosos barrotes de su prisión de hierro, lejos de su alcance. Su resplandor metálico en el suelo sin brillo del páramo. Lejos.

Tan lejos como un tiempo en el que a Luth le llamaban Maestro de Llaves.

Contempló la varilla con incredulidad, sujetándola firmemente entre sus dedos. Respiró profundamente, tratando de calmarse.

Luth el maestro de llaves.

Usó una grieta en los barrotes para doblar ligeramente la punta de su ganzúa, y luego con manos temblorosas hurgó y giró lentamente en el cerrojo. Usando el tacto y el oído fue registrando cada saliente y recoveco, construyendo poco a poco en su mente el mecanismo de la cerradura, hasta que fue tan familiar para él como una voz amiga. Notó los latidos de su corazón golpeando con fuerza la jaula de su pecho.


El candado cedió y se abrió con un fuerte chasquido.

El condenado cayó al suelo; sus piernas, entumecidas tras días de encierro, fueron incapaces de sostenerlo. Y en el suelo rió y lloró, y gritó de júbilo. Pasó un tiempo recuperando el aliento, luego se incorporó con esfuerzo y recogió el odre. Se acercó a la jaula del esqueleto; arrancó del despojo una raída capa gris, y se la echó sobre los hombros enseguida, sus tambaleantes pasos hacia el sur, siguiendo la senda de Orcus. Al poco, Luth miró hacia atrás, a las tres jaulas que se alzaban sobre la encrucijada, grillos bailando al compás del viento; y en una de ellas un esqueleto envuelto en jirones de tela contemplaba su partida con ojos huecos.




…Huye, joven imprudente; escapa o prepara tu lanza; ha llegado el momento de dar a conocer tu destreza,...


Lord Byron




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